Mostrando entradas con la etiqueta Ensayos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ensayos. Mostrar todas las entradas

jueves, 16 de junio de 2011

@Criadillas.com

Teniendo en cuenta que a una parte importante de la población en la que incluyo a las llamadas “personas humanas”, les gustan las conocidas popularmente como “criadillas” (testículos o turmas de toro según la R.A.E.) rebozadas y bien frititas, se puede afirmar tajantemente que sobre gustos no hay nada escrito. Y sobre gustos de arte menos que sobre gastronómicos. A mí con acento –por ejemplo–, el arte costumbrista español del siglo XIX al igual que las “criadillas”, me revuelve el estómago. Será por sus connotaciones taurinas y porque no puedo dejar de pensar en esas "criadillas", las mías, cortadas en lonchas muy finas, igual que las de los toros –sin serlo ni en tamaño ni en calidad–, con cuchillo afilado como espada de torero o cuchilla de afeitar ancha de las de antes (que con ellas también se cumplía dicho objetivo). Estos pensamientos tan costumbristas como el arte así denominado, me producen escalofríos y crujir de dientes. Tal vez porque no tengo las turmas como hay que tenerlas, bien puestas, como las tienen los militares y los toros de nuestras plazas, convertidas esas partes de estos últimos, antes suyas y ahora de todos, en “criadillas” rebozadas y fritas por los cocineros de los restaurantes más populares o costumbristas. De ahí al vómito o al vahído, solo hay un paso, al menos para mí, por ser un flojo y por no tenerlas o tenerlos bien puestas o puestos como el nudo de la corbata de cualquier presentador de “Al filo de lo imposible”; lugar donde se me ponen, aún estando descolocadas –o descolocados–, cuando veo esas escenas tan arriesgadas.

Cosa diferente sería si habláramos de "criadillas o turmas de tierra", una especie de hongos carnosos, de buen olor, figura redondeada, negruzcos por fuera y pardos rojizo por dentro, comestibles y que guisados son muy sabrosos. En este caso no tendría inconveniente en probarlos sin el menor escrúpulo llamándolos por su nombre biológico, "turmas de tierra" –nada de "criadillas" ni testículos aunque fueran vegetales–, ya que no sería necesario para ello la muerte del astado ni la hoja de afeitar “Iberia”, y además nuestra rica gastronomía permite colocarlas de cualquier forma y en cualquier lugar de la cazuela.

Estas sutiles formas gramaticales tanto femeninas como masculinas (criadillas, turmas, testículos, o más vulgarmente “güevos”), dan fe de la riqueza del idioma de una gran parte de esta tierra: España. El idioma mundialmente conocido como español y peninsularmente –no implicando a Portugal– como castellano, define como ningún otro, lo masculino y lo femenino –gramaticalmente hablando–, con formas indistintas femeninas o masculinas incluso en sus propias acepciones. Ejemplos valen más que mil palabras: “La parte masculina y femenina del hombre” o “el carácter femenino y masculino de la mujer”. Para agilizar el lenguaje y no crear desigualdades de género, a algún lumbrera se le ocurrió sustituir la “o” o la “a” de nuestro alfabeto, por la @. Este símbolo, muy utilizado informáticamente desde que Ray Tomlison comenzara a usarlo ya en 1971 para enviar e.mails militares.com por encargo del ejército USA, y en sus ratos libres a su novia.es de ascendencia española, significa “arroba”, proviene del árabe y es una unidad de medida poco usada actualmente. ¡Me gusta una arroba! que pensaba yo de niño de 10 años respecto a la vecina del 2º dcha. –15 años mayor que yo–, que en una ocasión, al llegar mareado de un viaje por carretera de entonces y no funcionar el ascensor, se ofreció amablemente a mi madre y a mí, para subirme en brazos junto a su pecho hasta el 6º izquierda que era donde yo habitaba. Aquella ascensión fue para aquel niño como “La escalera al cielo” de Led Zeppelin, aunque ellos no existieran hasta 20 años después, convertido él ya en un hombre. Regresando de aquel 7º cielo a esta página, el tal lumbrera anónimo antes mencionado, decidió, para complacer a las mujeres sin dejar de agradar a los hombres –compensando con ello la tendencia del español o castellano hacia el genérico masculino–, apropiarse de la @ aún a costa de cargarse el lenguaje, como hace el paso del tiempo. Bonito invento querid@s, aplicado hasta la saciedad incluso en notificaciones administrativas o multas: “Estimad@ señor@ conductor@ del vehículo, etc.., al estar usted empadronad@ en esta ciudad y por el derecho y deber que le asiste como ciudadan@ para pagar gustos@ sus multas, arbitrios y contribuciones, le informamos, etc, etc...” –pongamos por caso–.

Yo propongo eliminar definitivamente las letras “oes” y “aes” del alfabeto, sustituyéndolas de forma drástica por la @ que tiene más masa, y así acabaríamos de paso con toda esta confusa ensalada de letras y el alfabeto tendría otra menos. De es@ f@rm@ n@die se sentirí@ discrimin@d@, fuer@ h@mbre @ mujer, pers@n@ hum@n@, @nim@l, veget@l @ miner@l. @ simplemente c@s@. Veamos el ejemplo de como quedaría el comienzo del Quijote reescrito en este nuevo idioma –llámesele español o castellano del futuro–, con el teclado de mi móvil: “En un lug@r de L@ M@nch@, de cuy@ n@mbre n@ quier@ @cord@rme, n@ h@ much@ tiemp@ viví@ un hid@lg@ de l@s de l@nz@ en @stiller@, @d@rg@ @ntigu@, r@cín fl@c@ y g@lg@ c@rred@r.” ¡A que es más simple y hasta tiene más diseño! De esta manera, posiblemente nos comunicaríamos mejor: los teclados de los ordenadores y móviles al disponer de dos teclas menos, resultarían más económicos, sacándonos seguramente de la crisis económica y mental que padecemos. Y habría menos violencia de género: más de un marido furibundo al tener dos grandes turbas bien puestas, ha matado a su mujer a causa la insistencia de ella en el uso del genérico masculino-femenino en sus conversaciones cotidianas. Otra forma de llevarnos bien y evitar seguramente muchas muertes de mujeres a manos de esos portadores de criadillas –además de bien puestas, malcriadas–, sería, utilizar los ciudadanos muy suyos y las ciudadanas muy suyas de cada sexo, el genérico que les fuera propio, y el resto, los más generosos y generosas, utilizar ambos y ambas siempre, aunque las conversaciones, los debates políticos y las redacciones en los colegios fueran más largas o largos, que no implican necesariamente mayor tediosidad de lo habitual.

martes, 24 de mayo de 2011

¿Existe un 6º sentido?

Según opinan los parapsicólogos, entre el tacto y el gusto, hay un sexto sentido homónimo que permite a los que tienen la dicha de poseerlo, ver cosas que los demás no vemos; aunque nos las creamos. Muchos de estos videntes trabajan como directores, redactores o columnistas en revistas como Más Allá y tienen como brújula a Jiménez del Oso (q.e.p.d.). Otros más modernos colaboran en Cuarto Milenio a las órdenes de Iker Jiménez. Los de naturaleza dominguera o excursionista, salen los fines de semana a la sierra de Madrid siguiendo a Pitita Ridruejo esperando encontrarse con la Virgen subida en una encina, igual que hacen los pastorcillos en las cuevas donde guardan sus rebaños, invocando apariciones marianas que conviertan sus ovejas comunistas a la verdadera fe. Los más arriesgados, aficionados al alpinismo, suben al Machu Picchu para localizar extraterrestres y hablar con ellos como hizo Moisés en el Monte Sinaí. Otros, famosos e ídolos populares, como el Papa o el Dalái Lama, ven incluso a Dios o a Buda, y charlan con ellos. Después nos lo cuentan y algunos les creemos y otros no. Depende de dónde hayamos nacido y estudiado. Tampoco es tan dañino, creer o no creer en lo que no vemos.
Desgraciadamente, yo no soy como esos videntes. No veo nada, estoy parapsicológicamente ciego. Pienso que existe un sexto sentido, también, pero creo que es el del humor. Y no me estoy refiriendo a bromas como las de Esperanza Aguirre o Pepín Blanco, ni a chistes malos como los referidos a Fernando Morán en el pasado, a los clásicos sobre los habitantes de Lepe, o a los actuales y muy peligrosos sobre “Majoma” o el funeral acuático de “Ven Loden” (escrito así para eludir a los buscadores). No, me refiero al humor en su sentido más griego, que fueron los primeros que para dejar de llorar comenzaron a reírse de la vida, regalándonos afroditas y apolos. Sentido primordial del que carecen los políticos, los mandos militares y la iglesia aunque sean griegos. Será que están operados de amígdalas.
Ya me gustaría a mí ver lo que dicen ver todos esos videntes para poder reírme dos veces. Entonces tendría, no seis, sino siete sentidos, además de trabajo en prensa o en televisión. Sería un privilegiado y eso no está bien visto con los aires que soplan.


Dejémoslo estar. Centrémonos en ese sentido, que como dicen en Andalucía: “tiene guasa”. Una amiga mía me comentó en una ocasión haber leído, que solo un 20% de la población humana captaba la ironía. Aquello me llevó a deducir que ese debería ser el porcentaje de los que poseen este sexto sentido al que me he referido: el del humor. Por lógica mundana el porcentaje está mal repartido, como todo. Los alemanes por tradición, nunca tuvieron mucho, y si no, que se lo pregunten a Hitler los documentalistas de Cuarto Milenio. Aunque desde entonces hasta Angela Merkel, han mejorado bastante, llegando incluso a superar el 3% de su población activa. En Libia, Siria y Palestina, con Muamar, Bashar e Israel, no creo que les queden ganas como para superar mas allá de un 1%, en el que incluyo a los dirigentes y a sus familiares. En Ruanda, a los Tutsis después de las bromas que les gastaron los Hutus, no les quedó ningún sexto sentido a los que salieron vivos o resultaron mutilados. De China no hay porcentajes fiables después de las últimas purgas, aunque se sabe que en el pasado mataban a sus enemigos de risa haciéndoles cosquillas. Y en Rusia, viendo las caras de Stalin y Putin no me atrevo a hacer afirmaciones gratuitas.
Donde siempre ha habido un alto porcentaje de este sentido ha sido en Inglaterra. No hay más que ver a su monarquía y observar a sus grandes escritores y cineastas: Shakespeare, Dickens, Chesterton y Hitchcock, entre otros. Además está el popular y muy conocido humor inglés serio, exceptuando el de la reina Isabel que fue operada de amígdalas de niña. A los mexicanos les sobra, si escuchamos sus corridos y rancheras y no nos metemos con los narcos. Y los norteamericanos con Allan Poe, Lovecraft, Mark Twain y Woddy Allen van sobrados. Los franceses apelando a Robespierre, Tati y Depardieu y los italianos a Dante, Sordi y Gassman, estarían en porcentajes. Pero ¿y los españoles? Aparte de Torquemada, Cervantes, Quevedo y Gila, depende de la comunidad a la que pertenezcamos, porque no es igual la sardana y el chotis que la jota y las sevillanas. Aunque sin ser demasiado optimistas podría oscilar entre un 15 y un 35% para compensar las carencias del resto del mundo, a pesar del paro del que aún tenemos valor para reírnos como Manolo Escobar: enseñando la dentadura. A los portugueses, el fado y Angela Merkel –¿que fijación tendré yo con esta mujer?–, les han quitado la alegría, por lo que su porcentaje no andarán más allá del 12% gracias al bacalao. En cuanto a los griegos, que se podría decir que son los que lo inventaron, su porcentaje era el más alto y todavía les dura, a pesar del rescate de la CEE –que pagarán caro–, gracias al sirtáki.


No está mal un 20% de media, creo que con ese porcentaje ganaríamos ampliamente a los videntes. Pero a ellos les toman en serio, y a nosotros no. Sobre todo, porque no sabemos contener la sonrisa mientras ellos exhiben muecas sombrías.
Hablando del humor, si cae la breva, seré contratado por el director de un diario gratuito o de provincias de pago, para publicar columnas diarias como esta, exceptuando los lógicos días de descanso serio. Con una oferta justa por columna y vacaciones pagadas, podría vivir dignamente sin necesidad de mantener sonrisas congeladas para alegrarme la vida. Desafortunadamente una vidente me ha dicho, que no caerá esa breva. Y yo, debo reconocer por lo “bajini”, que a veces les creo. Porque también aciertan, aunque sea por casualidad.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Breve ensayo sobre el trabajo


Hemos tardado tiempo en aprenderlo pero finalmente lo hemos logrado gracias a los informativos: El dinero siempre es productivo para alguien, aún habiéndolo puesto en fondos en algún banco islandés. El trabajo, no.

Cuantas veces habrán dicho nuestros gobernantes, el director del Banco de España y la patronal a los trabajadores, que tienen que reciclarse sin descanso durante toda la vida laboral activa -hoy en día más longeva que en la Edad de Piedra-, para poder aumentar la productividad del país hasta su extenuación o jubilación. A pesar de estos sabios consejos, según el mercado mundial esos trabajadores continúan sin ser productivos a pesar de intentarlo de buena fe. Sin embargo, el dinero siempre lo es, aunque desaparezca de unos bolsillos para aparecer en otros opina, el mismo mercado, que es un ente que nadie ha visto pero que todos sabemos, existe. Y ese dinero que tampoco vemos es muy productivo aunque no se recicle. Si lo hace cambiando de manos, todavía lo es más porque aumenta su productividad exponencialmente. Forma parte de su valor intrínseco, no como el trabajo -que solo produce sudor en la frente y mal olor en las axilas- o la falsa moneda que van de mano en mano sin producir nada, porque nada valen. El dinero es como el Plutonio 239, que aunque esté inmóvil en una vasija, no deja de producir y producir radioactividad durante toda su vida activa: unos 24.131 años. Si un trabajador tuviera una vida laboral tan longeva, ¿cuántas veces debería reciclarse? Pongamos un falso ejemplo: Una central nuclear segura explota matando a todos sus trabajadores, estén reciclados o no, y liberando el plutonio encerrado en ella. Esos trabajadores, en el hipotético supuesto de que en alguna ocasión hubieran sido productivos, habrían dejado de serlo desgraciadamente. Sin embargo el Plutonio 239 liberado, no. Solamente hay que saber ¿donde? y ¿como? colocarlo para que no nos haga daño y nos proporcione luz eléctrica y calor a los consumidores, y dinero a sus legítimos dueños mientras siga liberando energía.


Definitivamente: El trabajo no es productivo; el dinero, sí. Ya lo ha demostrado Telefónica. Si ha ganado más de 10.000.000.000 € este último año, ha sido gracias a los accionistas captados y a los contratos conseguidos por sus altos ejecutivos, no a sus más de 30.000 trabajadores en España -rémoras de una empresa estatal felizmente privatizada- contestando a preguntas estúpidas de los usuarios. Por eso despedirá en los próximos años al 20% de ellos y no a los accionistas ni a los ejecutivos. Ni –en un generoso gesto– a los 24.000 restantes, más jóvenes y baratos que los 6.000 viejos sobrantes. Con ello aumentará la productividad y los SMS en esos próximos años. Es el dinero de estos callados accionistas el que ha generado tanto beneficio, no el esfuerzo ni las voces de los trabajadores. Y para generar ese beneficio, los accionistas no han tenido que reciclarse. Ni siquiera moverse de sus casas. Solamente con prestarle sus capitales a dicha empresa, ha sido suficiente. ¡Y muy rentable por cierto! Para que todo siga siendo así y los fieles accionistas no caigan en la tentación de retirar sus acciones saliendo de sus casas, Telefónica deberá seguir mandando progresivamente al resto de la plantilla a las suyas hasta quedarse únicamente con los directivos, a los que por su productividad vendiendo el Paraíso les han premiado con unos pocos “bonus buenus”. Unos 500 millones de euros: solamente el 5% de los beneficios obtenidos. A los despedidos, ¡pan y cebolla!

Hagamos otro esfuerzo de imaginación para generar en el futuro energía muy barata. Creemos centrales nucleares seguras s.e.u.o. (salvo error u omisión), utilizando la mano de obra y la salud de los agentes productores para construirlas y el dinero de las Eléctricas para pagarlas, que ya habrá tiempo para devolvérselo con creces. Después de construidas, esa misma mano de obra antes de perder la salud deberá ponerse a fabricar nano robots, robots de talla media y robots gigantes que les sustituyan cuando ya no puedan más. Estas centrales estaría atendidas por toda esa caterva de robots a los que ningún Plutonio hace mella. Mientras, el personal humano ya se habría jubilado y estaría a salvo lejos de allí, habiendo abandonando sus casas y estando a cargo de sus familiares más jóvenes gracias a la ley de dependencia, o en residencias habilitadas para su fin. En caso de porducirse un S.E.U.O. nadie lamentaría la destrucción de todas esas máquinas y el resto solo sería cuestión de hacia donde soplara el viento, y eso solo lo saben Dios y el recién beatificado Juan Pablo 2º.

Volviendo al presente “chungo” que es la base de nuestro futuro, si China nos compra muchos bonos del tesoro (esa especie de cromos que fabrican los gobiernos) con el dinero obtenido en los “todo a cien” o en los “chinos”, España crecerá y los españoles, catalanes, vascos, gallegos y andaluces de Jaen, aceituneros altivos, también, porque seremos productivos; si no, los parados tendrán que reciclarse hasta el fin del subsidio de los tiempos. En el fin de esos días, cercano ya, la población humana estará dividida en solo dos razas: los que salen en televisión y el resto; que son los que la ven y a los que pertenezco por derecho propio. A todos aquellos que decidamos apagarla por no querer ver más la realidad, nos acusarán de racistas, siendo castigados por ello. No sin empleo y sueldo, que ya solo existirán como un lejano recuerdo, sino a no poder reciclarnos en nada, ni siquiera en humo, y mucho menos en humo enamorado.

viernes, 13 de mayo de 2011

¿Hay vida después del telediario?


En una ocasión, escuché decir a un tertuliano serio –una de esas personas que emiten opiniones o perogrulladas como si fueran verdades absolutas–, que lo seres humanos tenemos el número de respiraciones contadas; sin emitir una cifra. Yo voy a ir aún más allá que Perogrullo. En mi opinión y sin que nadie se ofenda diré una mentira: estoy convencido de que el número de respiraciones al que se refería el tertuliano aquel, era de 294.336.000. Cifra mágica. Esta cifra a pesar de ser falsa, es una gran verdad matemática. ¿Que porqué? Porque es el resultado de ponerme a respirar con el segundero a mano y comprobar si sigo vivo después de respirar 7 veces exactas en un minuto que es el tiempo que se tarda en leer esta frase sin comas. Esto también sería una mentira matemática, porque es imposible dividir 60 segundos entre un número primo, el 7, y tener una respiración tan acompasada que nos dé: 8,571428571... segundos –guarismo que me ofrece mi la calculadora– por bocanada. Pero ¿a qué viene mentir tanto? A que pensaba que si hacía ese cálculo para 80 años, la cantidad resultante de multiplicar 7 respiraciones x 60 minutos x 24 horas x 365 día x 80 años, coincide con la cifra mágica y procurando respirar más despacio, ese número se alcanzaría más tarde prolongando mi vida algunos años extras. Mirando de nuevo el segundero intenté respirar una vez cada 10 segundos, comprobando que salían 6 respiraciones exactas por minuto, que no me había asfixiado y que incluso me sentía mejor. Sobre todo después de haber hecho algunos cálculos matemáticos respirando a ese ritmo y verificar que iba a vivir 93 años, 121 días, 15 horas, 59 minutos, 59 segundos y unas décimas. Desde que nací, no desde ahora. Que no está nada mal. Incluso estaría dispuesto a regalarle a alguien que lo necesite más que yo, esos 121 días y pico. Hay que ser generoso en esta vida. Ahora voy a hacer un punto y aparte para tomar aire, aunque viva algo menos.

Me acabo de dar cuenta de que he cometido un error importante. No he tenido en cuenta los años bisiestos, esos que tienen un día más cada 4 años, el 29 de febrero –confío en que no sea el cumpleaños de ninguno de ustedes– por lo que yo viviré 24 días menos. Para corregir esto sin acortar mi vida y seguir siendo generoso, le he pedido a la persona a la que le iba a regalar esos 121 días y pico, que me devuelva 24. Que tampoco 97 días y ese pico de vida extras están tan mal. Se pueden hacer muchas cosas buenas en ese tiempo. Con estos cálculos que son producto de una vida dedicada al cálculo infinitesimal, espero contribuir a que todo el mundo pueda saber cuánta vida le queda, sin tener que recurrir al horóscopo o a una pitonisa.

Pero algún pero tenía que haber. No he tenido en cuenta a alguien muy importante: Dios. Él tenía que intervenir porque no se puede estar quieto. Por eso decidió para ser justo, que todo el mundo al nacer tuviera el mismo número de respiraciones; solamente hasta que Él lo decidiera. Algunos vivirían solo un suspiro y otros como yo, superando ya los 196.646.400. Por lo que todavía me quedan muchos, si Dios quiere. Quien desee conocer mi edad, que haga sus cuentas con los datos aportados. Yo he puesto las bases para el conocimiento científico y ya solo por eso merecería llegar hasta mi último suspiro: el 294.336.000.

Es cierto que mucha gente, no muere por falta de aire antes de ese último suspiro, sino por hambre, o por accidente, enfermedades, desgracias y cataclismos provocados por Dios, o al menos consentidos. Y en caso de no existir Él –como afirman algunos–, por culpa entonces de los seres humanos, los animales o la Naturaleza, que es peor. Dios no, y la Naturaleza divina tampoco, pero yo sí querría que todo el mundo alcanzara esa cifra mágica conmigo. Dicen también, que los que creen en Él y rezan, o los ecologistas radicales, viven más. No dispongo de estadísticas para rebatirlo, ni tampoco viene al caso.

Para hacer más rico este debate, deberíamos incorporar otro parámetro muy de actualidad: los telediarios. ¿Cuántos telediarios tenemos contados? Si somos ecuánimes tanto con las televisiones públicas como con las privadas podríamos tomar como referencia 6 al día, haciendo zapping. Voy a seguir siendo generoso con el prójimo concediéndole una esperanza de vida igual a la mía, que descontando los días y pico regalados era de 93 años, aunque conozco gente que vive y ha vivido más. Tal vez por respirar menos o por rezar y reciclar más. Tomándome a mí como modelo, que soy el que tengo más a mano, cuando nací, todavía no había llegado el telediario ni la televisión a España. Solamente daban unas noticias por la radio llamadas “partes” y eso no cuenta, ni el NODO tampoco. “Ya está aquí el parte”, decía mi abuelo el rojo, que siempre sintonizaba Radio Intercontinental “la más musical”. A continuación se apresuraba a apagar la radio, terminado ya el dichoso “parte” antes del consabido, “Viva Franco, arriba España”, seguido de un himno –no de Riego precisamente–, para evitar tener que ponerse firme con el brazo en alto y yo con él con las palmas de las manos mirando al sol. Pasados unos minutos, concluido ese fragor no escuchado por los dos, volvía a conectar “la más musical” para oír cantar a Antonio Molina para mi desgracia y la de los trabajadores del Valle de los Caídos. Hasta mis 8 años ya cumplidos, no apareció el primer telediario en la única televisión española, la TVE, aunque en casa no la teníamos aún. Después vino el UHF llamado por los más patriotas la Segunda cadena y más tarde la abundante actualidad que hoy todos conocemos. Por eso, haciendo un promedio justo, vamos a multiplicar una media de 4 telediarios diarios desde mi nacimiento hasta mi muerte a los 93 años, por 365 días al año –añadiendo en esta ocasión los 23 días por los bisiestos– y nos salen 135.873 telediarios de vida media, de los que a mí me quedan 44.691 (s.e.u.o.) que no es poco si uno tiene el alma inquieta y ansias de saber.

Si fuera posible ver solo dos telediarios al día, yo estaría dispuesto. Seríamos más longevos aunque fuésemos menos cultos. Pero no lo es, porque entonces viviríamos 186 años y Dios, o los seres humanos, los animales, la Naturaleza e incluso las plantas venenosas y el terrorismo internacional, tendrían que aniquilarnos antes. Ese será nuestro castigo, escuchar cuatro veces al día a los locutores de moda y dentro de poco, de nuevo a Urdaci otros 8 años más. Lo siento, pero en estos temas científicos no hay más remedio que hacer futurología y eso me dice el tarot. Lo que no me dice este es: cuantos telediarios le quedarían al locutor recuperado antes mencionado, para poder volver asomarse a la pequeña pantalla. En mi noble afán de intentar prolongar la vida útil de los humanos y de los adjetivos, sin contrariar a Dios ni a los Académicos de la Lengua, he pensado que tal vez suprimiendo ese último telediario, el de Urdaci, que es el que más se parece al “parte” que escuchaba mi abuelo, y quedándonos solo con 3, aumentaría nuestra esperanza de vida hasta los 116 años y medio. Pudiendo regalar incluso 16 años y medio de vida a alguna niña hindú, para ser generosos con el tercer mundo. Vivir 100 años, no es imposible (acabo de comprobar con horror al verificar datos sobre el Valle de los Caídos por Dios y por España, que Franco todavía vive en una página web, www.generalisimofranco.com, la suya). Tras este paréntesis, al desaparecer el cuarto telediario de nuestra vida diaria, esta sería más saludable y gracias a los avances de la medicina geriátrica, la edad propuesta resultaría viable. Siempre que Dios o los seres humanos, los animales, la Naturaleza, las plantas venenosas, el terrorismo internacional, el pacto de Toledo, Urdaci, e incluso esa página web inmortal nos lo permitieran.

Recientemente, una de las dos Españas –a ninguna de las cuales pertenezco por derecho propio– ha dejado de ver el telediario de Gabilondo. Mejorando así su esperanza de vida a costa de su calidad. Yo propondría un reparto justo en el que una España solo viera Canal Sur, la Sexta, la Cuatro y la 2 de TVE con Gabilondo como opcional sustituyendo a alguna de las tres anteriores, y la otra España, Telemadrid, Veo 7, Intereconomía y la 1 de TVE con Urdaci, sustituyendo a alguna de estas otras tres.

Yo, si quieren que les sea sincero, no desearía vivir tanto.


lunes, 9 de mayo de 2011

El mundo oculto de la zanahoria


¿Saben ustedes lo que es un rastreador? Los que se hayan educado como yo, viendo películas del Oeste, sabrán a lo que me refiero. En esas películas se encontraba concentrado todo el saber humano occidental, aunque hubiera que buscar y rebuscar en ellas para encontrarlo en su totalidad, como hacía John Wayne. Algunos intelectuales han llegado a ver cientos de veces películas, como, “La Diligencia” de John Ford, en lugar de leer otras tantas el Quijote o La Iliada y la Odisea, obteniendo de ella toda su sabiduría actual. No intentemos por tanto, en algún debate televisado o charla radiofónica –en el espacio dedicado a los televidentes u oyentes– debatir con ellos sobre el color de los caballos, aún siendo la película en blanco y negro, porque quedaríamos como unos analfabetos.

Volviendo al rastreador, muchos jóvenes pensarán que me estoy refiriendo a Google, por ejemplo. Pues no. Un rastreador era habitualmente un mestizo, hijo de James Stewart –hecho prisionero por los comanches– y una hija de Caballo Loco, la hermosa Nube Gris; su padre, Stewart, nunca llegó a tener noticias de él, al ser liberado –semanas después de haber sido concebido el futuro rastreador– por las tropas del Tte. Coronel Custer. El padre de ella, el jefe Caballo Loco, conseguía salir con vida de la incursión, teniendo que cargar desde entonces con el pequeño, alimentándolo hasta que ya adulto, fuera expulsado por el Consejo de Ancianos de la tribu para siempre a pesar de las súplicas de Nube Gris, por tener los ojos azules aún siendo moreno.
















Por falta de tiempo no voy a ponerme a verificar si esta relación entre J. Stewart, Caballo Loco, Nube Gris, y Custer se dio en alguna película y corresponde a la realidad o es producto de mi mente fantasiosa. Ese mestizo –afortunadamente hoy llamado indo-americano–, como decía, estaba habitualmente contratado a sueldo como rastreador de la caballería yanqui, dedicada a perseguir a los indios buenos y a los malos norteamericanos. Al no ser militar estaba eximido del saludo y de una estricta disciplina, lo que le permitía ir a su aire. Normalmente en avanzadilla por delante del destacamento, a pie y mirando al suelo como se puede comprobar en la foto inferior.

Muchas veces me pregunté, porqué los soldados azules no utilizaban perros sabuesos, que solo pedían pan y huesos de búfalo, en lugar de indo-americanos que además de comer alubias con carne en salazón, querían salarios justos. La respuesta estaba en la vista de águila del rastreador, aunque en olfato no llegara a superar al sabueso. En el momento que este individuo, llamémosle Ojo Avizor, localizaba una cagarruta del caballo del indio bueno o del mal norteamericano, podía distinguirla entre un mar de cagarrutas de bisontes e incluso de entre todas las de cualquier manada de Cimarrones a lo largo y ancho del salvaje Oeste. No solamente por su aroma, sino también por su color, aspecto y calidad. A partir de ese instante, tanto el indio como el norteamericano perseguidos, fueran buenos o malos, no tenían escapatoria.
Estaban perdidos, y serían capturados, abatidos, o neutralizados –utilizando una palabra más actual– tarde o temprano; pero siempre antes del final de la película, para que el destacamento pudiera escuchar nuestros aplausos desde las butacas de platea, antes de regresar al fuerte. De nada les serviría a los perseguidos abandonar sus monturas, caminado por el lecho de los arroyos o por enormes piedras graníticas o kársticas como las de La Pedriza –en la Comunidad de Madrid– o las del Torcal de Antequera –en la provincia de Málaga–, intentando no dejar huellas. Todo sería inútil porque así estaba sentenciado en el guión de la película.
Bueno, pues eso es exactamente lo que nos está pasando a todos nosotros, tengamos el sexo que tengamos en toda su rica variedad de tendencias. Seamos buenos, malos o regulares; sin ser ni indios ni norteamericanos necesariamente.


Estamos siendo rastreados, pero no por el olor de las cagarrutas de nuestros caballos o en su defecto de nuestros perros, ni incluso por el de las propias; sino por nuestras palabras. Las que decimos de viva voz, o las que escribimos correctamente en Internet. Huelan bien o mal, sean altisonantes o malsonantes. Y a no ser que permanezcamos mudos y escribiendo únicamente misivas a bolígrafo sobre papel blanco, rayado o cuadriculado, para enviarlas después por correo postal como antiguamente, seremos perseguidos, agobiados, acorralados, y finalmente, encontrados y neutralizados, o en el mejor de los casos: utilizados. Para el bien común, desde luego, o para el de algunos pocos, también, pero nunca para el nuestro propio.

Esos rastreadores modernos, ahora llamados buscadores, están por todas partes, pero sin salirse de las redes naturalmente. Bien sean alámbricas, inalámbricas, o de fibra óptica. A través de teléfonos móviles o fijos, y de todos y cada uno de los ordenadores de los que hoy en día cualquier ser humano trae ya bajo el brazo al nacer –en lugar de la clásica barra de pan de antes–, con el que para sobrevivir en adelante, necesitará obligatoriamente una hermana llamada ADSL.

Pruebe usted, sea hembra o varón, a enviar un mensaje a cualquier amiga o amigo dentro de las tres combinaciones sexuales posibles y comprobará que la próxima vez que abra su navegador para esperar la ansiada respuesta, aparecerán multitud de anuncios relacionados con alguna de las palabras más sugerentes utilizadas en su anterior mensaje. Por ejemplo, si ha utilizado la palabra “pelo” en alguna de sus frases como, “...tienes un pelo divino...”, aparecerán por arte de magia todo tipo de anuncios de champús y pelucas, algún pasaje de la Biblia e incluso alguna fotografía de Cher. Si profundizamos en un lenguaje más íntimo sin caer en la pazguatería ni llegar a la pornografía, una frase como, “...y quiero que ese culo tuyo más prieto que el de Brad Pitt sea solo para mí...”, puede llevarnos a recibir tanto a la parte emisora como a la receptora, sin consideración de sexos, multitud de propuestas para adquirir la filmografía completa en DVDs del citado artista, todo tipo de anuncios de slips o boxes de las marcas más reputadas y una amplia variedad de mobiliario gimnástico para mantener nuestro cuerpo terso. Sin contar, con la enorme cantidad de culos anónimos de ambos sexos carentes de un triste tanga, dispuestos a ser contemplados por nuestros ojos sin pagar un céntimo. Si la parte receptora, motivada por nuestras palabras responde con algo como, “...no puedo dejar de pensar en esas caderas tuyas, más acogedoras para mí que las de Jennifer López...”, ya está liada, pero “gorda”. Recibiremos, además de una oleada de ofertas con toda la filmografía de esa estrella junto a la de su discografia completa con póster de regalo, nos guste o no, el cartel de la película “Lo Verde empieza en los Pirineos” con Jose Luis López Vazquez (q.e.p.d.). En cuanto a caderas anónimas desnudas, con y sin prótesis más o mucho más de lo mismo.

Así están las cosas. Y si escribimos en inglés para demostrar nuestra cultura. Peor. Porque como todo el mundo sabe, los mejores rastreadores eran del salvaje Oeste y hablaban inglés tan bien como el chiricahua. Por ello los más avanzados buscadores han nacido también alli, en Silicon Valley, donde terminaba ese Oeste dejando de ser salvaje antes de llegar al mar y donde también se dejaron la piel muchos de aquellos rastreadores indo-americanos, antepasados de los que hoy mantienen limpias todas esas modernas instalaciones, trabajando como barrenderos.
¡Qué no se nos ocurra escribir, presumiendo de doctos, cualquiera de las frases antes reseñadas en inglés o en chiricahua!, porque entonces las ofertas recibidas, junto a los culos y las caderas, saldrán por los costados de la pantalla de nuestro ordenador sin que podamos contenerlas. Pero esto no es lo más grave. Pongamos que cometemos la torpeza de enviar algún comentario de actualidad a alguno de nuestros amigos de ambos sexos, en los que aparezca algún vocablo perteneciente a uno de los problemas más sangrantes que vive en la actualidad la administración norteamericana, y que ahora no me atrevo a mencionar ni siquiera en abreviatura. Y no me refiero al 7º de caballería, a Sitting Bull (Toro Sentado), a los rastreadores indo-americanos, o a Búffalo Bill. Por esa acción gramatical, nos puede caer encima todo el peso de la Central de Inteligencia, e incluso un día al sonar el timbre de nuestra casa y abrir la puerta, lo último que veamos en esta vida sean las caras pintadas de verde de unas fuerzas especiales que nadie conoce por su nombre de pila y que ningún ser humano que siga vivo, ha visto jamás de frente, excepto el Presidente de los EEUU.








Hace unos días en un programa cultural, he oído que la administración del país del salvaje Oeste ha dedicado este año, cincuenta mil millones de dólares USA (50.000.000.000 $) para mejorar los sistemas de escucha, rastreo y detección, encargados de mantener la seguridad de los ciudadanos norteamericanos, y que gracias a ese dinero se salvarán cientos o tal vez miles de vidas de civiles y militares inocentes de las que intenta segar a diario el terrorismo internacional. Para ello, escucharán, grabarán y almacenarán, todo lo que digamos o escribamos, y tarde o temprano incluso lo que pensemos el resto de la humanidad. Yo, que soy de Ciencias y que en cuanto me dejan me pongo a hacer cuentas, se me ha ocurrido hacer estos sencillos cálculos: Teniendo en cuenta que en el Africa negra, o en la India, por ejemplo, con 1.000 $ un habitante medio puede sobrevivir un año en condiciones mucho más aceptables que las de sus compatriotas, con la misma cantidad que dedica la inteligencia norteamericana a salvar esos cientos o quizá miles de vidas de sus ciudadanos, en estos paises lejanos y en el resto del mundo, se podrían salvar 50 millones de vidas de las que se pierden fácilmente por falta de alimentos, medicinas o agua potable todos los años. Siempre que los presupuestos generales del estado norteamericano se mantengan. Cada cual que haga sus cálculos para averiguar cuántas decenas de miles de vidas de africanos o hindúes equivalen a la de un norteamericano medio, civil o militar, según las cuentas de las centrales de inteligencia de ese salvaje Oeste.

Recuerdo las palabras de un amigo, que hace bastantes años tras la aparición de Internet, opinaba ingenuamente que ello nos haría más libres y cultos, menos dependientes del poder de los estados, menos sujetos a la censura, y además gratis. Yo por llevarle la contraria, algo enfermizo en mí, opinaba que no era posible que un invento de la NASA tuviera como objetivo la libertad del individuo, contraria habitualmente a la de la sociedad, imaginando algún plan oculto para cebarnos primero, pudiéndonos llevar después de forma pacífica, contentos al pesebre; o en el mejor de los casos, sacándonos únicamente el dinero de los bolsillos y ofreciéndonos publicidad a cambio. Bueno, pues aquí y así estamos. ¿Y qué podemos hacer para protegernos de esos astutos buscadores sin tener que escapar a uña de caballo?

Creo tener la solución. Esta solución tendría varias vías. La más fácil sería, si supieramos hacerlo, escribir en chino. No creo que vinieran a buscarnos desde tan lejos, dijéramos lo que dijésemos. Pero eso sí, en ningún caso deberíamos acercarnos a la plaza de Tian’anmen, para evitar ser fulminados por algún tanque del ejército chino, por disidentes. Los buscadores indo-americanos, no hablan ese idioma, por lo que estaríamos tan a salvo como los fugitivos de la película si hubieran escapado, en lugar de a caballo, en bicicleta que no deja restos orgánicos.

La segunda vía, que es la que yo más recomiendo, es intentar escribir en andaluz de la Serranía de Ronda, aunque seamos catalanes. Pondré varios ejemplos. Supongamos que nos viene en gana escribir sobre un terrorista recientemente localizado, neutralizado, y pasado por agua, sin que se nos vincule a una red con nombre árabe sobradamente conocida. Podríamos escribir: “Fin Laen ah cío ezcohonaó y arrohaó a la má, a pezá dehtá dezarmaó el hìoputa, cin que Arcaèha ni er Pasquintáh zàllan coscaó de ná...”. Sin sufrir por ello el menor daño por parte de los hombres verdes. Además dudo que nos llegara publicidad alguna ni siquiera de la Caja de Ahorros de Ronda.

Si quisieramos escribir a una amiga o amigo muy íntimos podríamos decir algo así como: “Mizentràñah, toy con tànt’ancia e vèrte que ce me zàrtan loh pùrsoh...”. Y como mucho nos llegarían algunos versículos de las Upanishads en sánscrito. Finalmente si decidiéramos, por ejemplo, enviarle una carta de despedida al Director General del departamento donde trabajamos en el Ministerio de Asuntos Exteriores, solo tendríamos que escribir: “Ke te hén, ilipòyah cornúo, te ba llevá er cafelìyo con moiète y pringá a tú espàsho tú concuñào er que ce lo mònta con tu muhén...”. Tampoco en este caso habría peligro de publicidad alguna ni de represión ministerial. Como mucho, llegaría algún anuncio de manteca colorá, molletes antequeranos o la programación completa de Canal Sur. Nada dañino para la vida.

Y así, podríamos mantenernos como las zanahorias, ocultos bajo tierra durante un tiempo, hasta que una mano amiga viniera a recogernos porque nos hubiera llegado la hora.


domingo, 27 de septiembre de 2009

Breve ensayo sobre la Verdad


En matemáticas, está probado y consensuado científicamente, que: menos por menos es igual a mas (-x- = +), mas por mas es igual a mas (+x+ = +), mas por menos es igual a menos (+x- = -) y finalmente menos por mas es también como en el caso anterior, pero al revés, menos (-x+ = -) y punto (.)
Yo solamente conseguí aprender y practicar de estas cuatro reglas, las dos primeras; pero decidiendo llamar menos a la mentira y a la verdad más. Por rebelde y porque siempre me resultó mas fácil sumar que restar. A causa de ello no pude terminar Ciencias Económicas, a pesar de jugar bastante bien al póker y a los “chinos”. Los catedráticos de Economía y de Contabilidad me dijeron que esa particular interpretación mía de las cuentas, no venía a cuento ni era de su incumbencia, y que quizás correspondiera a otra disciplina más avanzada de Letras, no de Ciencias. No eran tiempos para el pensamiento único, y así, me suspendieron repetidamente por saber sólo esas reglas y por indisciplinado.
Siguiendo sus sabios consejos, cambié de edificio y de carrera, llegando a nuevas conclusiones gracias a un silogismo popular que me inculcó un amigo que hice en Filosofía y Letras, que decía así: "Los enemigos de tus enemigos, serán tus amigos". Y aunque ello tampoco me ayudó a terminar ni Letras ni Filosofía, si me resultaría muy útil para hacer nuevas amistades de ambos sexos a lo largo de mi vida social. El breve tránsito por esa Facultad, me sirvió para perfeccionar aquellas viejas reglas y llegar a la conclusión de que mentira tras mentira o verdad tras verdad, siempre acabamos llegando a la fé o a la verdad absoluta, primas hermanas de la ignorancia feliz.
Durante años, terminada ya mi formación que había consistido básicamente en memorizar aquellos pilares de las Matemáticas y la Filosofía primigenias, deduje que ambos soportes fueron sobre los que Dios debió construir y desarrollar el Universo hace ya mas de 13.700 millones de años. Así se lo contó Él, algún tiempo después de acabarlo al pueblo de Israel, y poco a poco para que lo asimilaran también, a los demás pueblos de la Tierra sin olvidarse de los extraterrestres a pesar de vivir mas lejos. Esto lo he podido confirmar en Wikipedia y en La Torá, porque a mí nunca me lo dijo Él, aunque le pillara cerca.
He vuelto de nuevo a Wikipedia que ahora es nuestro oráculo y memoria digital, porque la nuestra, la que vivía en los cerebros, la hemos perdido. Yo ni siquiera me acuerdo ya del Credo, que repetí unas 3.744 veces en mi adolescencia, siendo este el resultado de multiplicar: 12 años (desde los 4 que aprendí a cantar) por 6 días a la semana (el domingo era fiesta de guardar y no se podía cantar ni el Credo ni el “La, La, La”) y por 52 semanas, sin contar las pequeñas pérdidas por los años bisiestos y porque 365 días dividido entre 52 semanas dan decimales. Pensándolo bien, creo que lo anterior es matemáticamente incorrecto ya que no se pueden dividir entre si ambos conceptos, ni animales de distinta raza aunque pertenezcan a una misma especie, como por ejemplo: palomas entre gaviotas a pesar de que todos sean pájaros; aunque al igual que la existencia de Dios como dice un slogan pegado en un autobús, “tal vez entre dentro de lo posible”, pero yo me inclino a pensar que si dividiéramos las palomas entre gavilanes, estos se las comerían antes de terminar esa división, o quizá Pablo Abraira -al que llegué a confundir con Camilo VI-, nos volviera a cantar aquella hermosa canción, "Gavilán o paloma", evitando así que fueran engullidas, con lo que yo dejaría de escribir ya mentiras para siempre.
Pero esto no puede terminar ahí habiendo conseguido llegar hasta aquí. Porque: ¿y si en lugar de dividir días entre semanas, lo hiciéramos con chinos entre japoneses por ejemplo?. Puesto que todos ellos son seres humanos y de una misma raza amarilla -aunque con creencias diferentes como la nuestra-, la división sería correcta aunque diera decimales. El único problema real sería que cada japonés tendría que llevarse a su casa a siete chinos, sobrando uno al que habría que pagarle el billete de vuelta de Tokio a Pekín. Unido esto a la conocida animadversión de los japoneses hacia los chinos y su afición a las katanas afiladas que cuelgan en las paredes del salón, es bien seguro que los matarían a todos, incluso al que sobrara, para no pagarle el viaje de retorno a casa, siendo yo el único responsable de tamaña masacre.
Resuelta esta cuestión y habiendo abierto de nuevo Wikipedia por ver si podía recordar de una vez lo que había estado haciendo yo, "Durante años, acabada ya mi formación,...", sin entrar esta vez en ejemplos, tecleé de nuevo la frasecita "Durante..." y apareció la respuesta siguiente: "Perder el tiempo". Me quedé bastante hundido en mi butaca giratoria pero no tardé en reaccionar sobreponiéndome a la melancolía: no aprendí Matemáticas, no aprendí Filosofía ni aprendí Lengua, pero tal vez, aprendí a pensar. ¡Claro, como Dios!. Él, que había creado todo un mundo -hacía ya los 13.700 millones de años que aseguraba Wikipedia- sin pensarlo dos veces, porque antes no pensaba mas que en "La Nada", también debió sentirse aturdido y hundido como yo que estaba hecho a su imagen y semejanza como afirma La Biblia, aunque en imagen y semejanza se le parezcan más el Papa y cualquier dictador octogenario, que yo. Al quedarle mucho tiempo por delante y por detrás, o sea, hasta siempre que es mas hondo que hasta luego, imagino que no tuvo otro remedio que ponerse a pensar en "algo" más.
Y ese "algo", tenía que ser un poco parecido a usted o a mí, es decir: “algo vivo". Para actuar sin prisas como actúa siempre Él -tal como nos explicó Darwin algunos miles de millones de años después de que Dios comenzara a actuar- y por haberle entrado sueño, fue y se echó lo que llamaré: Primera Gran Siesta. Al despertarse, pienso que Él pensó igual que yo lo he hecho ahora, pero mas de tarde en tarde porque duerme más, en una bacteria a la que llamaría "Prokáyron" (en griego, que es el idioma en el que años después se comunicaría apócrifamente) y a la que nosotros nombraríamos con el paso del tiempo y la evolución del lenguaje, "Procariota" o "Procarionte" según de la Comunidad Autónoma que seamos, y que quiere decir: "Antes de la nuez". ¡Bonito nombre!
Y quiso pensarla de esa manera, para que algún lejano día yo dejara de pensar tanto y tuviera Fé en lugar de Razón. Y como todo lo que Dios piensa, al igual que todo lo que Aladino le pedía al genio -al menos mientras tuvo la lámpara-, se hace en ese mismo instante realidad, así en ese mismo instante apareció por allí, que era el Paraíso pero todavía lleno solo de piedras, una Procariota. La única, la primera, la verdadera. Yo la llamo así porque vivo en la Comunidad de Andalucía, si viviera en Euskadi la llamaría Procarionte, y no por fastidiar.
Volviendo a Wikipedia y a mis conocimientos de Matemáticas, eso debió suceder hace sólo 3.900 millones de años. De ahí en adelante todo fue más fácil hasta llegar a usted o a mí. De ello hace 62 años en mi caso, que es lo que El Creador pretendía y por lo que yo estoy aquí: para poderlo contar. A partir de aquí, las cosas se nos van a poner difíciles.
Lo que nadie sabe todavía, es: ¡qué estuvo haciendo!, durante esos 9.800 millones de años que resultan de restar de los 13.700 millones iniciales los 3.900 millones de años que hace que se despertó de la Primera Gran Siesta. Tampoco sabemos lo que hizo después de fabricar la primera bacteria y ponerle nombre. Y ahora ya no estamos hablando ni de palomas, ni de gaviotas, gavilanes, chinos o japoneses, ni de Camilo VI o Pablo Abraira incluidos. No estoy ya para estas bromas, porque restar esas cantidades después de pasarme toda la vida sumando, me ha dejado hecho unos zorros y cansado como Dios.
Después de haberme recuperado algo ya puedo afirmar que, aunque nadie sepa lo que Él estuvo haciendo los 2.000 millones de años siguientes, yo sí lo atisbo: ¡se echó la Segunda Gran Siesta!
Cuando despertó pasados todos esos millones de años, miró y vio sin escapársele una, que las procariotas habían invadido la Tierra. Pero como con ellas no se iba a ninguna parte, para que algún día se pudiera llegar a algún sitio, eructó y apareció la primera célula que no se llamaba ya Procariota, porque para diferenciarla de los billones y billones de procariotas parecidas, le puso un nuevo nombre en griego: Eukàryon. Que en castellano quiere decir "Buena nuez", aunque nosotros los que vivimos en Andalucía, nos empeñemos en llamarla Eucariota y los vascos Eucarionte. Dios, después de aquel eructo se sintió mejor. aunque le entró una especie de modorra y para quitársela, se echó esta vez lo que llamaré: Tercera Gran Siesta.
¿Lo va usted pillando? Pues ahora volvemos de nuevo a lo fácil. Como dice acertadamente Javier Sampedro, biólogo molecular y mejor pensador que yo: "O uno es una Procariota, o uno es una Eucariota, o se calla uno". Estoy totalmente de acuerdo con Javier excepto en lo de callarse. Ni a mí ni a los vascos nos calla ni Dios y en el caso de hacerlo o fulminarnos Él con un "rayo divino" en este mismo instante, mi breve ensayo se habrá acabado antes de concluirlo y ya se ocupará alguien de echarle algún día la culpa a un gobierno de la nación española, que no a Dios.
Me miro al espejo y veo que estoy algo mas calvo que al principio de este ensayo, pero como no he sido exterminado aún y por lo que escucho en las noticias los vascos de verdad tampoco, prosigo. Durante el período de su anterior Gran Siesta, las eucariotas que eran más "sexys" y listas que las procariotas por poseer un cerebro llamado "núcleo", comenzaron a procrearse sin parar convirtiéndose rápidamente en seres multicelulares con muchos "núcleos" juntos, con lo que pensaban continuamente en comer mejor. Por ello estos nuevos seres comenzaron a devorándose mutuamente creando el hábito de la antropofagia, cayendo como siempre los más débiles para mejorar la raza, como les sucedió a las procariotas que al no pensar por no tener "núcleo", eran tontas. Por ello, por tontas, dejaron de dominar la Tierra después de haberla tenido tantos años a sus pies.
Y así siguieron otros 1.898 millones de años en los que aparecieron y desaparecieron los dinosaurios sin que Él se enterara, porque seguía durmiendo, y nosotros tampoco porque no habíamos llegado aún. Lo que les pasó a los dinosaurios lo sabemos por habérnoslo contado Spielberg y porque unos lo han estudiado en sus huellas y en sus huesos durante toda su vida y otros lo hemos leído sin esfuerzo en Wikipedia.
Finalmente, sin que nadie le avisara, Dios se despertó de la Tercera Gran Siesta y al ver la que había ya montada, montó Él también en cólera. Esto -la Tierra- estaba repleto de toda clase de plantas y de animales que ni siquiera conocía por sus nombres en griego. Con tanta siesta se había perdido lo mejor. Había incluso una especie de homínidos llamados Australopitecus, que le sonreían. Aprovechando la "cólera divina" que le había invadido, tuvo su mejor presentimiento: pensó en un nuevo ser más hermoso aún que el tal Australopitecus. Ese nuevo ser, tendría que parecerse a Él, para que al verse reflejado en el agua y cuando el resto de los animales, además de los Australopitecus y las plantas, le observaran, le vieran a Él mismo. Esto lo definió Dios y está confirmado por La Biblia, como: "A mi imagen y semejanza". Amén de esos pensamientos que le rondaban por la cabeza, también le gustaba un nombre griego: "Adan". Que quiere decir "dejado" en español, en castellano "abandonado" y en euskera, "uriko". Dicho y hecho. Ahí estaba por fin Adán -o si les gusta más Uriko-, y como por parecerse a Él no le iba a dejar solo entre todas esas fieras para que se lo comieran, y tampoco lo había creado a su imagen y semejanza para que trabajara, le buscó una pareja de hecho con una Australopitecus que le sonreía sin pensar en lo que le esperaba. La llamó Eva en griego, que en castellano quiere decir "la primera" aunque en vasco significa "aurrenekoa" y lo demás ya está todo dicho y escrito por otros, tanto en griego como en español, en castellano o en vasco verdadero.
Finalmente, Dios, ya más calmado, decidió que tenía que volver a ocuparse algo del mundo. Para arreglarlo y para no perderse otra vez algo nuevo. Por lo que dejó las siestas para Adán, Eva, y los niños que pronto comenzaron a matarse entre ellos mejorando así la raza. Yo lo de la siesta nunca dejaré de agradecérselo, aunque por todo lo demás, habría sido mejor para todos que siguiera durmiendo.
Comprendo que a pesar de lo expuesto y aún teniendo serias dudas, muchos ciudadanos autónomos no hayan perdido todavía su Fé ciega en Él y por ello no se atrevan a convertirse todavía en ateos redomados. A ellos, al menos les queda el consuelo que les da la Fé, de que quizás -como también insinuaba el cartel del autobús-, pudiera haber creado Él una sola Procariota, o Procarionte, y haberse dormido ya para siempre, dejándonos a ella y a nosotros a nuestro libre albedrío.
También tenemos que comprender que dedicarse durante los ya citados 9.800 millones de años a crear todos los elementos de la tabla periódica y los que falten aún por descubrir, partiendo de la nada, antes de dedicarse a crear vida, es una tarea tan agotadora que solo un Dios como Él habría podido soportarla. Bien es cierto que desde esos 3.900 millones de años que lleva en duermevela y los últimos años desde que Adán y Eva salieron del Paraiso, no ha dejado de roncar, abandonando a sus hijos a su cruz, incluido al más querido.