miércoles, 26 de abril de 2017

La virtud de la mentira


                                                                                                          Imagen: Antonio Lafuente dP ©


El Gobierno tomó la decisión de elevar a la Cámara una propuesta mediante Decreto-Ley para despenalizar la mentira; considerando la verdad como delito, y moralmente, la mentira como virtud. Esta decisión, considerada sabia por sus mentores, debería ser aprobada por unanimidad del Consejo de Ministros y su Presidente tras largas deliberaciones. Los argumentos a favor aducían la evidencia de que los próceres de las sociedades democráticas más avanzadas, especialmente en los campos de la política y las financias, solían mentir habitualmente en sus manifestaciones públicas, reservando exclusivamente al ámbito de lo privado  y en contadas ocasiones, la manifestación de la verdad.
Con alabado criterio, el Ministro de Educación hizo una sucinta exposición, argumentando que una de las tendencias naturales del ser humano desde niño es la de mentir. Tanto para proteger su supervivencia como la de su entorno humano y familiar. Por tanto la mentira debería considerarse –como lo es el espíritu de supervivencia– la manifestación de libertad individual más primigenia, y ser protegida con todo el respaldo de la Ley. La verdad es algo oculto, casi perverso, más propio de peligrosos grupos asociales o de antiguallas religiosas que de una sociedad moderna, libre y democrática, añadió el Ministro. 

Por ello consideró que la buena práctica de La Mentira (denominándola con mayúscula) debería incorporarse a las aulas desde Preescolar, integrándola como asignatura en la Enseñanza Secundaria Obligatoria y en el Bachillerato, y como troncal en las carreras de Filosofía y Letras, Económicas y Empresariales, donde tendrían un amplio campo de experimentación siendo caldo de cultivo para la realización de futuros másteres.

El Ministro de Sanidad aportó la teoría, ampliamente contrastada por refutados psicólogos, de que el individuo cuanto más evolucionado está socialmente, mayor tendencia tiene a La Mentira, siendo esta una manifestación automática del hipotálamo, que como todos sabemos, es la parte del cerebro que controla la coordinación de las conductas esenciales vinculadas al mantenimiento de la especie, concluyó.

Durante el debate, el Ministro de Hacienda, manifestó tímidamente que tal vez esta medida influiría negativamente en la recaudación de impuestos, algo que fue rebatido inmediatamente por el Presidente, aclarando que la legalización de La Mentira y su consideración moral como virtud, haría aflorar capitales ocultos y no serían obstáculos para declaraciones de la renta antes inexistentes; cuando mentir era un delito perseguido.

El Ministro de Asuntos Exteriores declaró que tanto él como los embajadores de la nación hacía tiempo que reclamaban la aplicación de esta norma, y que por coherencia venían practicado habitualmente La Mentira, aun a riesgo de haber sido acusados por delinquir; cuando en el fondo, su actuación estaba exclusivamente movida por la defensa de los intereses de la Patria, que como todos sabemos no se consigue a través de la verdad, finalizó. 

El Ministro de Justicia aportó su granito de arena estableciendo las posibles penas a aplicar en función de la gravedad en las manifestaciones de la verdad. Desde las más livianas en el caso de “verdades piadosas” o “verdades de Perogrullo”, consideradas de mal gusto o como faltas leves, pasando por otros casos intermedios como las “verdades a medias”, los más graves como las “verdades como puños”, hasta llegar al máximo punible en el caso de “verdades absolutas” en las que el castigo podría incluso llegar a ser la prisión perpetua revisable. 

El Ministro de Defensa, más discreto, opinó que la verdad hace más daño que los misiles de largo alcance y que es imprescindible mentir para poder defender a La Patria de nuestros enemigos. En un arranque sintáctico que dejó sorprendidos a los asistentes, argumentó que La Mentira posee un verbo propio, “mentir”, e incluso un sujeto, “el mentiroso”, además de inumerables adjetivos incluso diminutivos como “mentirijillas” ; algo de lo que la verdad adolece. La Mentira es un hecho real mientras que la verdad es solo un dogma, apostilló. Estas manifestaciones de cultura militar arrancaron un fervoroso aplauso de los señoras y señores diputados de su grupo parlamentario.                                                                                                                         
Tras el aplauso intervino la Vicepresidenta, que más conciliadora, abogó por la total supresión de la anterior penalización a La Mentira, aunque sin poner fuera de la ley a la verdad. Eso sí, rebajando esta última a la categoría de minúscula, además de eliminar su anterior atributo como virtud, algo trasnochado en nuestros días, añadió. Siguió argumentando que de esta manera contarían con un mayor apoyo de todas las clase sociales, creando una nueva fraternidad entre la ciudadanía que miente habitualmente y la que no. De esta manera se conseguiría que algunas de las mentes más preclaras de la política y la economía nacional salieran de las cárceles, sin que los fanáticos portadores de la verdad tuvieran que ocupar esos puestos vacíos, con el consiguiente ahorro para las arcas del Estado. Sus palabras provocaron signos de aprobación entre gran parte de la bancada, aunque los anteriores ponentes y el Presidente manifestaron un cierto escepticismo.

La Ministra de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente, respaldó abiertamente la posición de la Vicepresidenta, argumentando que una prohibición de la verdad, dañaría  nuestras exportaciones de cítricos y la pesca de bajura, además de incrementar la desconfianza del consumidor, mientras que la despenalización de La Mentira nos haría más competitivos al permitirnos ser laxos en materia medioambiental; liberando así a nuestras grandes empresas de normativas que estaban estrangulando su competitividad. Para reafirmarse en sus palabras, peló una naranja que guardaba en el portafolios y ofreció un gajo a cada uno de los ponentes del debate, hecho que fue muy bien acogido por su grupo parlamentario.

Tras la pausa para la masticación, el Ministro del Interior, presentó una enmienda parcial para la desmitificación de la verdad, algo que las Fuerzas y Cuerpos de la Seguridad del Estado llevan años practicando ya que los delincuentes utilizan habitualmente ese argumento para librarse de las penas de prisión, añadió. ¡Le juro que yo no he sido, señor comisario, es la pura verdad, por la gloria de mi madre!, suele ser la frase más común entre los acusados por asuntos económicos sucios, concluyó.

El Ministro de Industria intervino para abogar por la supresión total de La Mentira como delito, incluso con efecto retroactivo, pero sin colocar a la verdad fuera de la ley para no herir susceptibilidades. Ello favorecería las transacciones internacionales, mejorando nuestra balanza de pagos y con ello los beneficios empresariales que redundan directamente en el bolsillo de las clases medias y trabajadoras, especialmente en mi tierra, afirmó con gesto serio y acento canario. Conviene anticipar que posteriormente a la aprobación del Decreto Ley, el Ministro de Industria dimitió para poder disfrutar mejor de varias sociedades en paraísos fiscales, dedicadas a la pesca del boquerón vitoriano en extinción y a la producción de pasas con pepitas en La Axarquía, a 10.000 km. de la residencia social de estas sociedades allende el Atlántico. La causa de esta dimisión según fuentes bien informadas, no fue el abuso de sociedades pantalla, sino el haber mezclado mentiras con verdades en una proporción inferior a la mínima exigida, llegando a decir que el motivo de la creación de las mismas no era la cercanía entre los domicilios fiscales con los centros de producción en Andalucía, sino la intención de eludir impuestos y obtener mayores beneficios para engrosar su patrimonio familiar. Manifestaciones que según sus explicaciones posteriores, fueron resultado de un trabalenguas muy corriente en su tierra y que sus palabras querían decir exactamente lo contrario. Donde dije digo, digo Diego, añadió, pero esta explicación llegó demasiado tarde y no convenció a su grupo parlamentario ni a la mayoría de los de la oposición que por responsabilidad política ratificarían dicho decreto, a pesar de la alabanza que haría el Ministro de Economía a su aportación en la implantación del flamante Decreto-Ley.  

La Ministra de Empleo y Seguridad Social y la de Fomento, hablando al alimón en una suerte de “duetto”, apostillaron que esta futura Ley haría disminuir el paro más que la Virgen del Rocío, incrementando las altas a la Seguridad Social sobre todo en los Sanfermines, y que con su aplicación práctica pronto podría verse concluida la ansiada autovía a Soria y la llegada del Ave a Logroño. Tras estas acogedoras palabras, la Ministra de Empleo se marcó unas sevillanas mientras la de Fomento la correspondía con una muñeira, siendo secundadas por los asistentes con palmas y tamboiradas sobre la mesa del Congreso, en base a las aptitudes de cada cual.

Después de este acto festivo, el Presidente en un arranque de madurez democrática, dio su brazo a torcer y admitió la enmienda de la Vicepresidenta –mujer de fuertes convicciones morales– comunicando que en breve, tras las modificaciones pertinentes, dicho Decreto Ley se sometería a la aprobación en el Congreso de los Diputados, para declarar la legalización de La Mentira más allá de normas morales, anulando todos los artículos obsoletos del código civil y del penal que castigaban con penas más o menos duras el uso y abuso de estas manifestaciones. Con ello se legalizarían los términos de falsedad, engaño, embuste, trola y otras acepciones admitidas por la RAE, dejando la verdad como hecho marginal no punible aunque sujeto a la libre interpretación de los jueces.

Llegado el día de la exposición del Decreto-Ley para su aprobación en el Congreso, recayó en la Vicepresidenta la elaboración de la ponencia frente al resto de los grupos del arco parlamentario. Inició el discurso de apertura con su ya reconocida labia, respaldada por su pública afición al cine clásico. Dirigiéndose al Presidente del Gobierno y mirándole a los ojos, le dedicó estas emotivas palabras surgidas a través de unos labios tan carnosos como firmes: ¡Miénteme y dime que me quieres! Esa apertura a lo “Johnny Guitar” arrancó fuertes aplausos en la bancada del gobierno, mientras que los ojos del Presidente –hombre habitualmente impertérrito y acostumbrado a mentir pestañeando con el ojo izquierdo– se inundaban de emoción. Después de una hora de argumentos falaces que reforzaron la propia Ley, concluyó la salmodia haciendo una referencia a la filosofía clásica griega: El ingenuo Sócrates, maestro de Platón e incapaz de mentir, perdió la vida con trago de cicuta por negarse a reconocer a los dioses atenienses. Con estas medidas que proponemos hoy aquí, el filósofo no habría tenido ningún reparo en reconocer la existencia de aquellos falsos dioses y sus enseñanzas se habrían prolongado bastantes años más, proporcionando un mayor conocimiento además de a sus discípulos, a todos los presentes. Seguidamente, abandonó el atril tarareando la conocida melodía de “Zorba el griego” y levantado los brazos a modo de jota aragonesa bajó los escalones del estrado de dos en dos.

A continuación, el portavoz del principal grupo de la oposición subió al estrado para manifestar su postureo y el de su grupo a la propuesta del Decreto-Ley para la legalización de La Mentira, sin menoscabo de la verdad, añadió. Explicó que la intención de su grupo era la de votar favorablemente, aunque aportando algunas modificaciones para enriquecer esa propuesta. Estas aportaciones consistían, como corresponde a un Estado denominado laico, subrayó, en instar a la Conferencia Episcopal para la supresión del octavo mandamiento, “No mentirás”, o en su lugar modernizarlo con la expresión: “No dirás la verdad en vano”. Añadió que debería promoverse una amnistía para todos aquellos presos condenados por haber dicho la verdad, en justa compensación por todos los que se habían librado de prisión por no haberlo hecho. En adelante la ley seria igual para todos y La Mentira favorecería tanto a justos como a pecadores, concluyó dándose un golpe de pecho con el puño cerrado. 

Los líderes de los grupos emergentes manifestaron su intención de abstenerse para no bloquear la gobernabilidad de la nación. Los de izquierdas postulando que de forma visionaria ya se habían anticipado a esas medidas sorteado a Hacienda en sus declaraciones al utilizar sociedades opacas para ocultar ingresos relativos a personas físicas, y por ello no iban a dar un cheque en blanco al gobierno para que se apuntara el tanto. Los otros, de centro-derecha, lavándose las manos, expusieron que antes que nada sería imprescindible contraponer la catadura moral de la clase dirigente frente a la de la clase media, muy golpeada por la crisis, y que era necesario que los privilegios de los que la Corona venía disfrutando durante años, pudiendo mentir sin temor a ser juzgada, pudiera ahora extenderse también a los súbditos.

Tras un ligero receso en el que sus señorías compartieron por los pasillos y en el bar del Congreso las mentiras más ocurrentes, se reanudó la sesión con la aportación del representante del partido nacionalista mayoritario en la Cámara. Este diputado, neurólogo de reconocido prestigio, inició así su ponencia: Durante el proceso de mentir, se produce una carga cognitiva por la cual el cerebro humano activa mayor número de áreas que mientras decimos la verdad. A medida que se incrementa la actividad cerebral, aumenta el flujo sanguíneo en el cerebro, y por tanto, aumenta el oxígeno en sangre. Siguió explicando que un grupo de científicos de la Universidad de California habían descubierto que el cerebro de los mentirosos compulsivos posee ciertas particularidades en su estructura que les diferencia de los honestos, además de poseer en el lóbulo frontal del cerebro más cantidad de sustancia blanca que los que se aferran a la verdad, pudiendo llegar hasta un diferencial del euribor más el 22%. Cuando mentimos, en el cerebro se activan tres regiones diferentes, el lóbulo frontal, el lóbulo temporal y el lóbulo límbico, y lo hacen en mayor medida que cuando decimos la verdad. Mentir requiere un esfuerzo cerebral extra, lo que a la larga produce un mayor desarrollo de este órgano, algo que ha favorecido la evolución humana desde el Austrolapitecus hasta nuestros días. Siguió explicando que el estudio del fenómeno de La Mentira ha arrojado diversas teorías psico-biológicas, desde las cuales se intenta comprender el engaño como parte del instinto de supervivencia de la especie humana. Ampliando su interpretación de la anatomía y fisiología humanas, completó el discurso manifestando que los pies y las piernas son las partes del cuerpo humano más sinceras y por ello las civilizaciones y las democracias más avanzadas han intentado cubrirlas mediante sayos, jubones, pantalones, medias, faldas hasta los tobillos y toda suerte de guantes, desde fino encaje a piel de foca polar. Concluyó enseñando las palmas de sus manos y la pantorrilla izquierda para manifestar sinceramente, la intención del grupo al que representaba de votar la aprobación del Decreto-Ley. 

El grupo mixto concluyó los turnos de los representantes políticos ante la Cámara, reconociendo que estaban hechos un lío, por lo que, de ser posible, ejercerían el voto en blanco, aunque proponiendo antes una enmienda para que fuera ilegalizada la expresión “poner la mano en el fuego por alguien”, algo que se tomaba demasiado a la ligera y que estaba provocando demasiadas quemaduras de primer grado entre la clase política.

Ateniéndose al reglamento, el Presidente del Gobierno solicitó permiso al Presidente de la Cámara Baja para tomar la palabra desde su escaño. Una vez concedido, pronunció esta contundente frase que ha quedado para los anales del Congreso de los Diputados: Con la verdad no se va a ninguna parte. Y haciendo gala de un amplio conocimiento de la Historia, continuó relatando como Galileo Galilei tuvo el coraje de mentir para salvar la vida, testificando ante la Santa Inquisición que no era cierto que la Tierra se moviera en torno al Sol, aunque tras la abjuración murmurara en voz baja creyendo que nadie le escucharía: “Eppur si muove” (y sin embargo se mueve). Algo que al ser oído por un inquisidor menor pero de fina oreja fue causa de que se le condenara a un arresto domiciliario el resto de sus días. El Presidente siguió manifestando que los mitos de la verdad, como Buda, Jesucristo y Gandhi, estaban bien muertos y sus criterios obsoletos no tenían sentido alguno en una sociedad moderna, viva y profundamente democrática. Para concluir, respaldado por sus conocimientos técnicos y científicos, anticipó que se apresuraría a prohibir el detector de mentiras incluso en los programas de más audiencia de la telebasura nacional, así como el pentotal sódico, vulgarmente conocido como “suero de la verdad”, sustancia que ocasionaba graves daños en el Sistema Nervioso Central y en la Seguridad del Estado cuando era aplicado por los agentes del Servicio Nacional de Inteligencia. 

Finalmente, tras un enfebrecido aplauso con la mayoría de la Cámara puesta en pie, se procedió a la votación, que al arrojar los resultados esperados hizo que la Ley para la Despenalización de La Mentira quedara aprobada por aplastante mayoría. 

sábado, 22 de abril de 2017

Del sentimiento religioso



Es muy fácil atentar contra los sentimientos religiosos. Lo difícil sería no hacerlo. Tenemos el 84% de posibilidades de cometer atentado contra alguno de esos miles de millones de sentimientos individuales alimentados desde la más tierna infancia, frente a un pequeño porcentaje del 16% de que Dios nos libre de ello. Y este pequeño porcentaje es posible gracias a los no creyentes que pasaron hambre de las diferentes creencias desde niños y de otros ya adultos, que, saciados de tanta creencia decidieron ponerse a régimen de fe.


Si tenemos en cuenta que en las últimas macroencuestas planetarias de 2010 había (redondeando), 2.200 millones de cristianos, 1.600 millones de musulmanes, 1.000 millones de hindúes, 500 millones de budistas, 14 millones de judíos, y, 458 millones de creyentes perdidos en otras disciplinas religiosas como el zoroastrismo, aceptando que todos esos 5.772 millones de creyentes tienen su corazoncito, es fácil entender lo sencillo que resulta ofenderles por parte de los que estamos a régimen de fe –seamos o no vegetarianos– además de estar ciegos, como opinan los anteriormente mencionados, y que solo sumamos la ridícula cifra de 1.100 millones.

Históricamente esto se solucionaba con la hoguera, la tortura o el apedreamiento. Algo que todavía se viene practicando en algunos lugares del planeta por aquello de conservar la tradición. En los países civilizados como el nuestro, España, esa tradición ha sido sustituida por la justicia democrática. Dicha justicia, en un afán de preservar el espíritu de seriedad inherente a la formación del espíritu nacional y con un gesto de modernidad, ha decidido iniciar una campaña contra el chiste fácil que atente, de momento, contra los sentimientos religiosos más nuestros, es decir los de los cristianos por mayoría absoluta. Más adelante cuando el Estado provea de medios suficientes a los jueces, estos continuarán con el resto de los sentimientos, desde los musulmanes a los zoroastristas; sin olvidar a los baha’istas, jainistas, sinjistas, sintoistas, taoistas, tenrikyoistas y wiccaistas, que también tienen sus propios dioses que les imbuyen de sentimientos religiosos; además de estar en su derecho porque todos somos iguales ante la ley como establece la Constitución.

Se acabaron los chistes malos sobre curas y monjas, obispos y papas, santos y beatas, cristos y vírgenes, vivos o muertos. También sobre cruces y escapularios, estampitas y rosarios, sotanas y báculos, mitras, y sobre todo, hostias consagradas. Todo el peso de la ley caerá sobre ellos, sus autores o divulgadores en los medios de comunicación, Internet, o en los bares. En cuanto a los chistes y gracietas relativos a otras religiones, de momento no hay suficiente presupuesto para judicializarlos. Mientras, ya se están encargando algunas de esas otras religiones tomando la justicia por su mano a golpe de cimitarra o kalasnikoff.

Malos tiempos para las bromas, que en adelante deberán girar en torno al fútbol, el amor, el trabajo, la política, el tiempo, e incluso la justicia; si no quieren sus voceros, especialmente los cómicos, e incluso los aficionados, que el peso de la ley caiga sobre ellos. De momento. Porque en un futuro es posible que por empatía, los sentimientos futbolísticos, amorosos, laborales, políticos, climáticos y sobre todo justicieros, reclamen igualdad de oportunidades sentimentales. Ya que todos los sentimientos son iguales ante la ley como creo que dice nuestra Constitución. 

¡Seamos serios!

P.D.:
Debo puntualizar que la macroencuesta mundial no es del todo cierta y favorece claramente los porcentajes de creyentes respecto a los que no lo son (a los que no se encuesta), estableciendo su número por diferencia entre los primeros y el total de la población mundial. En el caso de los católicos, se les considera así por el hecho de estar bautizados, hecho responsabilidad de los padres antes de que los protagonistas tengan uso de razón. Un porcentaje nada despreciable de esos recién nacidos (entre los que se encuentra un servidor), al adquirir la razón, en la adolescencia, o ya adultos, abandonan esas creencias imbuidas mediante agua y sin su consentimiento. Pero, como diría nuestro actual presidente del gobierno, "el hecho ya está hecho", y seguirán estando bautizados en la fe católica el resto de sus días, a no ser que soliciten apostatar (tramite desde luego nada sencillo) ante las altas autoridades eclesiásticas. No hace tanto tiempo (en términos cósmicos) que a un servidor, para poder sacar el carnet de conducir, entre muchos otros papeles, le solicitaron la fe de bautismo, un certificado que expedía previo pago de las consiguientes tasas, la parroquia correspondiente donde hubieran lavado las ideas al recién nacido.

Financiación, ¡divina!


No es bueno para la Iglesia trabajar a sueldo del Estado y estar a expensas de las diferentes formas de contra-reformas laborales. Aunque ese sueldo ascienda a  13.000.000 € al mes más dos pagas y 30 días de vacaciones. La Iglesia por el bien de todos –no solo de sus acólitos– debería autofinanciarse, ser totalmente autónoma; tomando como ejemplo a Dios. Para conseguirlo, yo propongo determinadas medidas, comenzando con el copago, que ahora está de moda en los seguros de automóviles y en la Sanidad pública. El que quiera que sus pecados le sean perdonados, que pague 1 € por los veniales y 5 € por los mortales. Por comulgar, 0,50 € por hostia: menos que el precio de una hogaza de pan. Por escuchar misa, 2 €, los sábados, domingos y fiestas de guardar y 1 € entre semana. El miércoles por ser el día del espectador, 0,50 €: tarifas más baratas que las de cualquier multicine. Para ida y vuelta (misa el sábado y el domingo, o festivo), descuento de 25%, y precios en función del horario según sea valle o llano como el AVE. Para los mayores de 65 años, estudiantes y militares, una reducción del 25 al 40%,  como la tarjeta dorada de RENFE. Y para familias numerosas y colectivos, precios especiales. Para ejercicios espirituales y cursillos pre-matrimoniales, habría que confeccionar nuevas tarifas, manteniendo los precios congelados hasta que pase la crisis para bodas, bautizos, comuniones, extremaunciones y sepelios, que ya figuraban en el catálogo de precios. Para los congresos y debates de la Conferencia Episcopal permanente, se podrían emitir entradas de asistencia sin voz ni voto, de entresuelo, no numeradas a 20 €. Por ver al papa en vivo, 100, 40, o 15 €, según sea butaca, platea o gallinero; más económico que ir a la ópera. En diferido ya se ocuparía la SGAE de la recaudación por derechos de autor, bien a través de Yelmocineplex 3D o de las televisiones públicas y privadas, y la Ley Sinde-Wert haría lo propio con las descargas ilegales y el canon audiovisual. Medidas complementarias como estas son las que llevarían a una financiación autónoma y saneada de la Iglesia, sin el clientelismo del poder y sin tener que cambiar asignaturas como la de “Educación para la Ciudadania” para obtener ingresos de autor con las nuevas publicaciones de “Educación Cívica (y religiosa)” en la ESO. Con este paquete de medidas, se conseguirían incluso jugosos repartos de beneficios entre los feligreses, o en obra social. Finalmente, la emisión de bonos convertibles y acciones con participación en bolsa, garantizarían la autofinanciación y el incremento de la fe. Siempre que las agencias de calificación vaticanas apoyaran estas medidas y Dios no se manifestara en contra.

jueves, 22 de noviembre de 2012

La vida como dación en pago






Parábola del pollo

Un ciudadano de clase baja-media-baja trabajaba en una granja avícola dando de comer a los pollos y limpiando los detritus después de que estos hubieran hecho sus necesidades. Con los 12 dinares que el dueño de la granja le pagaba al mes por esos servicios, dedicaba: 2 para pagar al César, 1 para pagar la Seguridad Social del César, 1 para el copago en Sanidad del César para su familia y el de la Educación del César para sus hijos, 1 para vestirse y calzarse, 1 para calentarse o enfriarse y ver en la oscuridad, 1 para comunicarse con el mundo, 1 para desplazarse, 2 para cobijarse, y 2 para alimentarse. En ocasiones como consecuencia de vivir por encima de sus posibilidades, antes de llegar a final de mes ya había gastado los 12 dinares y tenía que pedir a un usurero conocido pequeños préstamos a un alto interés, que después devolvía en cómodos plazos tratando de ahorrar para ello en, vestirse y calzarse, calentarse o enfriarse, etc., etc., etc. Hasta el momento el ciudadano nunca había comido pollo, a pesar de pasar la mayor parte de su vida rodeado de ellos, ya que ese manjar equivalía a un año de su salario y no disponía de suficientes ahorros por tener un agujero en la mano.

Un día, el precio de los pollos comenzó a subir bastante más que el de su salario, y al mismo tiempo, los usureros comenzaron a bajar los intereses de los préstamos. Al poco tiempo las fachadas de las casas y los árboles de los bosques se llenaron de carteles animando a comer pollo a todos los que no lo habían probado antes, y junto a esos carteles aparecieron otros ofreciendo grandes facilidades y bajos intereses para adquirir tan deseadas aves. El ciudadano, animado por la gula y por el brillo del papel cuché de aquellos carteles, se dirigió a la casa del usurero conocido para que le informara de la buena nueva. Este se ofreció a prestarle el dinero para comprar tan deseado pollo antes de que subiera de precio y a un interés mucho menor que el que le había estado cobrando hasta entonces por los pequeños anticipos. 

Para llevar a cabo esta complicada operación, primero el usurero tasó generosamente el pollo en 200 dinares, ofreciéndole a nuestro amigo 180 para que comprase además del pollo (cuyo valor en el mercado era en ese momento de 150 dinares) una vajilla y cubertería apropiadas, que él mismo le suministraría a un precio razonable para poder degustar el ave con propiedad. Para poder cubrir aquella compra, más los pagos correspondientes destinados a, escribas, pergaminos y pólizas, actos jurídicos documentados y no, registros y garantías, etc., el usurero se prestó a concederle finalmente 200 dinares. Aplazando esta cantidad a 20 años y sumando todos los intereses, además del pollo más la cubertería y los gastos ya mencionados, la cantidad final a pagar ascendía en total a 480 dinares: el importe equivalente a tres pollos y un ala. Para hacer frente al pago resultante aportando 2 dinares mensuales, nuestro amigo ciudadano, llamémosle José, tendría que apretarse las correas de sus sandalias y las de toda su familia durante 20 años más; pero no le importó, pensando que el comer pollo por primera vez cambiaría su vida y la de su familia para siempre. Como colofón, el usurero, llamémosle Lucas, le aconsejó que sería bueno que sus ancianos padres le avalaran con la cabra que poseían y con la pensión que estaba percibiendo el padre por haber trabajado toda la vida en la misma granja que su hijo, así, si en algún momento José tuviera problemas para hacer frente al pago mensual, ellos podrían echarle una mano.
     
Resueltos finalmente estos pequeños detalles, ambos se despidieron con un apretón de manos y José tras dejar su huella impresa en multitud de legajos, feliz por el resultado, se dirigió por fin con el ansiado pollo hacia su choza para dar una alegre sorpresa al resto de la familia. Pasados unos meses, el precio de los pollos comenzó a crecer sin parar, al ser la demanda de la población cada vez mayor. Mientras, Pedro, otro trabajador más cualificado que José y sexador de pollos en la misma granja, aunque ya había probado ese manjar en ocasiones, decidió también comprar otras dos aves antes de que subieran aún más los precios. Uno para comérselo, y otro para engordarlo y llevarlo al mercado cuando la venta resultase beneficiosa. Pensó que era una mejor manera de invertir sus ahorros que la de ofrecérselos a Lucas, a una tercera parte de interés del que este le estaba cobrando a José. Como solo disponía de recursos para un pollo, el importe necesario para comprar el otro se lo pidió también al usurero, pensando que ya tendría tiempo para devolver el préstamo cuando vendiera el segundo, y tal vez con algo de fortuna, recuperaría además la mitad de los ahorros invertidos en el que ya habría digerido. 

Al poco tiempo, la mayoría de la población engordaba comiendo pollo sin parar. Las nuevas granjas y los usureros proliferaban por doquier, y todo el país tenía trabajo. Los súbditos eran felices y el César también porque amaba a su pueblo. Cegados por aquella orgía avícola muchos usureros como Lucas, al acabarse sus recursos personales y los depositados por sus clientes, debido a la cantidad de préstamos concedidos de los que obtenían un buen interés sin moverse de sus casas, acudieron a otros mercados de dinares lejanos solicitando préstamos a profesionales del ramo, pero a un interés más bajo que el que ellos concedían aumentando así exponencialmente sus pingües beneficios. Para obtenerlos, ofrecieron como garantía adicional los avales de las cabras junto a las pensiones familiares. Por su parte otros trabajadores cualificados y bien remunerados como Pedro, para no perder el carro de la diosa Fortuna, comenzaron a comprar y a vender pollos participando también en aquel enorme pastel, convirtiendo entre unos y otros al país en un mercado. Mientras, los dueños de las granjas se frotaban las manos criando manadas ingentes de tan deseados animales. 

Pero un día, pasado algún tiempo, la gente se hartó de tanta pechuga y muchos intentando adelgazar, se hicieron vegetarianos. Como consecuencia el precio de los pollos comenzó a caer en picado y pronto al no venderse casi ninguno, las granjas como primera medida para ajustar los costes de producción y mantener los beneficios, empezaron a despedir a sus asalariados. Primero le tocó a José y al poco tiempo a Pedro, porque ya ni siquiera había  pollos que sexar. También, el César comenzó a recibir cada vez menos tributos, hecho que agrió su carácter, haciéndole entrar en una profunda melancolía que le llevó a dejar de amar a su pueblo.
     
Una mañana, Lucas, el usurero, se presentó en la choza de José para comunicarle que no estaba cumpliendo con lo acordado y que no había que tomarse el Padrenuestro al pie de la letra. Las deudas de no ser perdonadas, había que pagarlas, ya que de no hacerlo así tendría que atenerse a las consecuencias detalladas en los documentos que los escribas habían sancionado. José le explicó que al quedarse sin trabajo no tenía manera de hacer frente a las cuotas y que por precaución, solo se habían comido un tercio del pollo, salando el resto. Pensaba que al haber pagado ya con las cuotas hasta entonces el importe correspondiente a uno entero, tal vez con los dos tercios sobrantes  del pollo podría cancelar el resto de la deuda pendiente. Lucas le informó de que la tasación actual de los pollos estaba por los suelos, y mucho más la de los pollos mutilados, y que aún devolviendo lo conservado junto con la cabra de sus padres, todavía quedaba pendiente una deuda de más de 350 dinares, por lo que al día siguiente, como medida preventiva hasta que no devolviera esa cifra, vendrían a confiscarles las sandalias a toda la familia además de la parte salada del pollo, y a sus padres, la mitad del subsidio ahora recortado por el César, y por supuesto la cabra. 

Entre tanto, el César que estaba empezando a aborrecer a su pueblo por no querer comprar ya más pollos, decidió prestar una gran cantidad de dinares a todos los usureros locales que comenzaban a tener dificultades económicas y de almacenamiento de tantas aves como cabras requisadas; dinares obtenidos mediante créditos concedidos por usureros extranjeros. Después para cubrir los intereses de aquella inteligente operación, el César emitió un edicto subiendo los impuestos y bajando los salarios, siguiendo los consejos de los Economistas del Imperio para compensar así la estabilidad presupuestaria. José por su parte no se quitaba de la cabeza el hecho de que antes de todo aquello, tenía trabajo a pesar de no tener pollo, trabajo que ahora había perdido junto al resto del ave que no había llegado casi a degustar, además de la cabra de sus padres que hasta entonces les proporcionaba leche y buena compañía. Pero ni siquiera toda aquella entrega o dación resultaba suficiente para cubrir el pago de una deuda que se presentaba, echando cuentas, más eterna que su Dios. Desesperado por ello y con aquel peso sobre los hombros, al día siguiente, a la llegada de Lucas el usurero rodeado de centuriones y reclamando lo que la ley decía que era suyo, se subió a la techumbre de la choza y arrojándose de cabeza contra la del usurero, terminó con la vida de este y por dación en pago, de la suya propia.


El paraguas y Mark Twain

Para terminar, y como colofón a la parábola anterior, me referiré a dos dichos de otros tantos grandes hombres. Uno, escritor, Samuel Langhorne Clemens, apodado por él mismo como Mark Twain, y otro, profeta, Jesucristo, el apodado por sí mismo Hijo de Dios. El segundo además de popularizar el estilo parabólico, popularizaba dichos muy sustanciosos entre los que he entresacado el de: Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, pero dad. Que entonces y hoy querría decir que nada nos pertenece porque entre Dios y el César se lo reparten todo. En cuanto al primero, Mark Twain, me quedo con aquel dicho suyo definiendo a los hoy en día mal llamados banqueros, como: Esos señores que te ofrecen un paraguas cuando hace sol y te lo quitan cuando llueve.

martes, 18 de septiembre de 2012

El Estado del Mal-Estar




   Estamos asistiendo estupefactos a la creación del Estado del Mal-Estar. En vivo y en directo a través de las televisiones estatales y sus satélites autonómicos. Cualquier voz discrepante que desee el bienestar para la clase humana y que provenga de las ondas, es callada, despedida o fulminada velozmente, siendo suplantada por tiernos balidos coincidentes de bovinos. A los nuevos pregoneros en los telediarios oficiales, se les lee la vergüenza en los labios y en la cara cuando interpretan soflamas como esta: “Para poder acceder al nuevo subsidio de 400 €, los afortunados deberán demostrar perseverancia en la búsqueda de empleo”; hasta debajo de las piedras, sea trabajo basura, temporal o estable y al precio que sea, añado yo. Mientras, aquellos que pretenden rebajar el salario digno a cifras indignas, postulan que este tipo de medidas fomentan la desgana hacia el trabajo mal remunerado. Trabajar ya no es un derecho ni un deber, es una suerte en la que todos jugamos sabiendo que hay pocas bolas en el bombo y que los premios cada vez son más escasos. Bien es cierto que voces vociferantes afines a la Voz, proclaman a los cuatro vientos y por sus cuatro costados como en tiempos por ellas añorados, que el que no trabaja es porque no quiere –que no es lo que opinaba el marido de Claudia Mori, Celentano, haciendo dúo con su mujer: “chi non lavora non fa l’amore” a instancias de ella– y que el paro es una consecuencia de la vagancia, como el tocino lo es a la velocidad, y no del despido en masa. En este Nuevo Orden, el poder político y económico tiene su propia verdad mentirosa que vocea a los cuatro vientos, afirmando con la rotundidad que proporciona el poderío, que la población que no quiere escucharla está errada y no debería alzar mucho la voz por no despertar a la población durmiente, como suelen hacer algunos niños malcriados frente a las opiniones y decisiones sensatas de sus papás adultos, que ni siquiera azotan ya sus culitos; error en el que el Nuevo Orden no caerá aún a costa de aplicar los proporcionales correctivos. Las buenas noticias en los medios remendados se reducen a la información sobre la reducción de dos tercios de trabajadores interinos, tanto en la Sanidad como en la Educación donde existía sobredosis, para que nuestros hijos se críen mas sanos, más educados y ante todo, más obedientes. Paralelamente, este nuevo Estado del Mal-Estar reduce gastos aumentando inversamente el paro, pero conservando las posaderas bien asentadas sobre los respectivos escaños de sus miembros, o en cargos de alegre designación directa o indirecta. Tal vez algún día en un rasgo de solidaridad interina, decidan autoreducirse también ellos en dos tercios, aún a costa de que las palmas y los pitos desde la platea y el gallinero sean menos sonoros durante esas funciones teatrales a las que la población sometida asiste bostezante. 

   Este Nuevo Estado no se puede negar que tiene más clase –dominante es cierto– que aquel lejano del Bienestar y que está en vías de convertirse en secta, refrendada por el voto tontorrón nuestro de cada cuatro años, con la libertad que confiere al pueblo el regalo de la elección de una papeleta entre varias impresas para refrendar el secuestro de nuestra voluntad adormecida. Recientemente, una de sus más veneradas sacerdotisas, la institutriz Esperanza Aguirre, acaba de abandonar el foro, dimitiendo dice, por motivos personales; que son los motivos que la llevaron a la política y los que han dirigido sus pasos, su sonrisa monalisa y su lengua en las tres últimas décadas. ¿Quién se burlará ahora de los arquitectos, de sus pompas y sus obras en la propia Comunidad que ella regía de forma regia? ¿Quién hará chascarrillos de chotis y mantón sobre los cuatro mineros de caras tiznadas paseando por Madrid a la luz de eléctricas velas? ¿Quién bromeará con los bomberos por apagar solo un incendio a la semana? ¿Quién motivará al profesorado para trabajar más y mejor por menos?. “¡Madrileños,..., Espe,..., sniff,... se ha ido...!” ; aunque va a pedir su inmediata reincorporación como funcionaria del Estado del Mal-Estar para poder seguir pagando este nuevo IVA que antes se negó a aplicar, y hasta los 67 años, edad en la que podrá cobrar sus variadas jubilaciones tras una vida al servicio de lo público-privado. El Nuevo Estado además del malestar, con pérdidas como esta, nos augura un futuro de aburrimiento en el que las “perlas” de la Suma Institutriz no vendrán ya a calmar el desconsuelo de las masas inmóviles. 
Aunque tal vez nos consuele en ese triste futuro, que fuerza es igual a masa por velocidad.

viernes, 24 de agosto de 2012

Un apropiacionismo místico




   Recientemente se ha producido un sorprendente hecho místico-cultural, suficientemente difundido en los telediarios de las distintas cadenas públicas, autonómicas y privadas, así como en la prensa de información nacional e internacional, que ha conseguido hacer bajar la prima de riesgo y subir el Ibex simultáneamente, sin que los economistas más avispados hayan podido aportar explicación racional alguna. Me estoy refiriendo a la restauración-transmutación de una pintura realizada sobre la pared de una pequeña iglesia del pueblo baturro de Borja. Dicha pintura o fresco, datada a finales del siglo XIX o principios del XX, representa –mejor dicho representaba– un hermoso retrato de un Cristo doliente cubierto con su correspondiente corona de espinas. La autora de dicha transmutación mística, autodenominada como “restauradora al servicio de la Iglesia”, tal vez dirigida por el soplo creativo del Espíritu Santo, ha conseguido transformar una pintura muy común denominada, Ecce Homo, como muchas otras similares, en una intervención del Arte Contemporáneo. Voces rasgavestiduras se han alzado implorando una rápida derrestauración o deconstrución de esta nueva obra, cumbre del apropiacionismo artístico de vanguardia de origen religioso, para devolverla a su penoso estado anterior. Jamás el pueblo de Borja, ni su alcalde, ni su ermita, ni su Cristo, ni esta restauradora octogenaria por la gracia de Dios, habían tenido mayor cobertura informativa que en estos días de abulia generalizada entre la población creyente o descreída. Escasos por no decir nulos visitantes habrían realizado peregrinaje alguno con objeto de visitar esa pintura hoy ya transmutada, ni a la iglesia, ni al alcalde y ni siquiera al concejal de cultura de ese pueblo zaragozano. Frente a la opinión del párroco local de que "hay que tapar la nueva pintura para evitar mofas", manifestando que "era una obra no catalogada que antes de la actuación autónoma de esta vecina se la comía la humedad"; yo me permito opinar todo lo contrario. Si Dios ha permitido todo ello sin fulminar a su autora, es que ha sido esa su santa voluntad. Hay que adaptarse a los tiempos que corren y la promoción casual de este hecho, se debería aprovechar como promoción turística para tan hermoso pueblo.
   Por otra parte, la nueva pintura está llena de modernidad y recuerda al estilo de Modigliani en sus momentos más inspirados. De haberlo hecho, ¿como habría interpretado Modigliani a un Cristo?: seguramente así, de forma muy parecida a lo hecho por la anciana creadora. 

   He dejado pasar 24 horas, como suelo hacer habitualmente para macerar las letras, y oigo en las noticias con sorpresa y satisfacción, que mis pensamientos de papel han sido escuchados antes incluso de su publicación. Son ya más de 11.000 firmas, más del doble de la población de Borja, las que defienden la permanencia de esa nueva pintura ejemplo del apropiacionismo místico, en lugar de ocultarla a la vista de los estudiosos como propone el párroco. Incluso un trabajador de la gasolinera de Borja afirma no haber llenado en toda su vida laboral tantos tanques de vehículos visitantes como en estos días; unos atraídos por la fe y otros por la curiosidad, esa forma de fe tan nuestra. Los comerciantes del pueblo y la mayoría de sus habitantes ven en este hecho providencial el punto de partida para el futuro desarrollo de un pueblo que no lo conseguiría mediante las políticas involucionistas y de recortes de Rajoy, ni mediante el poder emanado de la faz del Cristo de la pared ya desaparecido, y desde aquí insto a las autoridades de Borja a que registren rápidamente la nueva pintura ya que un avispado fabricante de camisetas se ha apresurado a ofrecerlas con la imagen a través de la Red por 12,50 €, gastos de envío incluidos. 

 
   Superado por esta realidad mágica y antes de que a alguien se le ocurra denominar este hecho como milagro, yo lo propongo ante las más altas instancias vaticanas, incorporándolo al catálogo de transmutaciones iniciadas tiempo ha con la conversión del agua en vino y de panes en peces, deseando que el ansia de peregrinaje que anida en nuestros corazones, dirija a decenas de miles de ciudadanos parados, movidos por la curiosidad o por el dogma, hacia los campos de Borja para fortuna de sus habitantes y mayor esplendor de esa afortunada villa.  

viernes, 20 de abril de 2012

Lo siente, se equivocó, no volverá a suceder


                   
      Según la Constitución, todos tenemos derecho en nuestra vida privada a matar elefantes y búfalos en África como viene haciendo desde hace tiempo nuestro monarca, o a darles de comer cacahuetes en los zoológicos como hacen nuestros hijos. Y no es que sea de mi agrado que los elefantes estén encerrados en esos recintos o en circos, pero siempre será mejor para ellos que estar en el punto de mira de la escopeta de un rey en Botswana. A estas diferentes posturas de ejercer nuestros derechos privados entre varias opciones, es a lo que denominamos “libre albedrío” que no hay que confundir con “libertinaje”, un concepto con el que sustituyó el de la palabra “libertad”, Franco, caudillo educador que también instruyó en el uso de las armas de fuego por los campos del Pardo, entre encinas, a nuestro monarca durante su juventud, junto a la lectura de la revista “Jara y Sedal” en lugar de “El Libro de la Selva” de Rudyard Kipling. Es cierto que en El Pardo no había búfalos ni elefantes ni cacahuetes para ofrecerles, sino más bien conejos, perdices, corzos o jabalíes –ninguno de ellos en peligro de extinción– y cartuchos de postas para acabar con ellos. Debió de ser más tarde, al renegar de su preceptor –para nuestro bien– alcanzando la ansiada corona, cuando inició su afición por la caza mayor, o muy mayor a la vista del tamaño de las últimas piezas cobradas. Las diferentes especies y número de estos animales salvajes que su majestad ha abatido durante sus treinta y cinco años de reinado, es una incógnita irresoluble por pertenecer al secreto de Estado y a la Casa Real. Solamente sabemos que en 2004, a través de la prensa rumana de la que se hizo eco “El Mundo” (17/10/2004), abatió diez osos y un lobo en una cacería amañada en Rumanía. Posteriormente en 2006, en declaraciones de Serguéi Stárontin funcionario local del departamento de Conservación y Desarrollo de los Recursos de Caza de la región de Vólodga en Rusia, recogidas por “El País” (20/10/2006), se supo que el monarca invitado en aquella ocasión por Putin, y engañado creyendo que era una fiera salvaje, abatió a un viejo oso amaestrado llamado “Mitrofán” de un solo tiro, durante un viaje de amistad que hizo a aquel país. En cuanto al número de cabras monteses abatidas en Gredos, no existen datos fiables, al ser partidas de caza tratadas como materia reservada. En su defensa hay que alegar que no hay ninguna constancia de que haya participado jamás en la caza del lince ibérico en Doñana. Evidentemente por seguridad nacional, todas estas noticias han sido permanentemente desmentidas por la Casa Real y muy poco difundidas por los medios, que respecto a su figura siempre han aplicado una tolerancia cien o un prudente y cómplice silencio informativo.
  Un amigo personal del rey, Antonio Sánchez Mariño, cazador como él y escritor en el tiempo que le deja libre la caza mayor, que afirma haber abatido cerca de 1.300 elefantes a lo largo de su productiva vida, nos ha proporcionado recientemente una edificante entrevista en Tele 5 a donde acudió sin escopeta en defensa del derecho del rey para ejercer este tipo de actividades –menos dañinas según Mariño que las provocadas por el derecho al aborto–, con “perlas” como estas: “Cazar no es matar, matar es repugnante, mientras que cazar elefantes es un arte además de una experiencia única que implica riesgos (...)”, “La gente tiene sensibilidad para la caza del elefante pero no para matar niños abortando (...)”, “Todos esos desgraciados, carroñeros que hay en nuestra patria no hacen más que escarbar en la basura (...)”, “El rey puede hacer lo que le de la gana porque tiene que aguantar a los españoles y la gente no lo entiende porque todos son una panda de ignorantes (...)”. Es evidente que este noble y fiero cazador ha confundido definitivamente la velocidad con el tocino, desvinculando la muerte de la caza, equiparando la cacería con el aborto, confundiendo a los ciudadanos con buitres o hienas, y finalmente atribuyendo su propia ignorancia al pueblo español.
   Desde muy joven, por no haber sido educado durante una República ni bajo una Monarquía, mi alma permanecía apolítica o políticamente virgen, aunque mi atracción natural hacia Brigitte Bardot unida a una carencia de afección por el “generalísimo”, indicaban ya una incipiente admiración hacia la República Francesa, mucho más sensual ante mis ojos de adolescente que la Falange y el Movimiento juntos. Años más tarde descubrí frente al traje de baturra hasta el cuello y el pañuelo recogido al moño de la monárquica Agustina de Aragón, los pechos y la melena al aire de una mujer llamada Libertad en el cuadro de Eugène Delacroix, “La Libertad guiando al pueblo”, que simbolizaba la República. En ese mismo instante me hice republicano. Pasó el tiempo, y, gracias a su sangre borbona, a la abdicación de su padre y a la muerte de su preceptor, Juan Carlos accedió al poder con el título de Juan Carlos I  rey de España. Poco después en 1978, la República de China, regaló al monarca dos osos panda macho y hembra, llamados “Chang Chang” y “Shao Shao” y el rey en lugar de cazarlos los depositó en el Zoo de Madrid. Estos hechos unidos a que nos salvara “por los pelos” del bigote de Tejero el 23 de febrero de 1981, enternecieron mi corazón republicano que se inundó de tolerancia monárquica. Un año después, en 1982, de la feliz unión de aquellos osos panda reforzada por la inseminación artificial de un tercero, nació “Chu Lin”, que se convirtió rápidamente en una estrella mediática a la que el grupo infantil “Enrique y Ana” dedicó una tierna canción que fue un gran éxito entre los niños y algunos adultos de entonces y de la que todavía recuerdo esta estrofa: “Es el panda, es el panda, un osito que aún no anda...”. Finalmente, en 1996, después de la muerte de sus progenitores, “Chu Lin” falleció de pena y de una afección intestinal. Para honrar su memoria, la reina Dña. Sofía inauguró una hermosa estatua del panda realizada en bronce y con esta inscripción: “Los niños a Chu Lin”. Gracias a la amplia difusión de esas noticias y a la nula sobre las actividades cinegéticas de su majestad, el corazoncito rojo de algunos republicanos se fué tiñendo en parte de un azul monárquico por desconocer las aficiones secretas del rey.
   De la misma manera y por razones incomprensibles para un buen cazador, Don Juan Carlos fue nombrado desde su fundación en 1968, socio fundador y presidente de honor de WWF (Wild World Life) España, también denominado ADENA (Asociación para la Defesa de la Naturaleza, cuyo popular logotipo es el mismísimo panda Chu Lin), a no ser que esta institución conservacionista excluya la protección de los animales salvajes en sus estatutos dedicándose exclusivamente a salvar el bosque mediterráneo y a los pandas.
    Hemos visto y oído hace unos días, cómo al salir de la clínica tras su operación de cadera y en un arranque de arrepentimiento, el rey, con la mirada baja, ha pronunciado la siguiente frase: “Lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir”. Mucho se está especulando sobre el sentido de ella; si lo que siente y de lo que se ha equivocado es de su trayectoria como cazador, o solamente por su última pieza cobrada, o de su caída, o del viaje a Botwana. En cuanto a que no volverá a ocurrir, ¿significa eso que va a decir definitivamente adiós a las armas? Yo prefiero ser optimista y pensar que el monarca, que cree en Dios porque de él emana su poder terrenal, está arrepentido de haber exterminado a tantos animales hermosos producto de miles de millones de años de evolución desde las primeras bacterias, o de solo poco más de una decena de miles de años desde el Paraíso de ser producto de la Creación –especies hoy en peligro de desaparición por las cacerías como antes lo estuvieron por el Diluvio–, colgando por ello y por el bien de los animales que aún están en libertad, esas escopetas que carga el diablo. Por ello, mi corazón republicano para no liarla más, ha cogido un ligero tinte monárquico mientras que los familiares de los cientos de piezas abatidas por su majestad estarán hoy algo más reconfortados en su dolor por la disculpa del rey Juan Carlos.


"Y llegó la Monarquía" (1975)



  

viernes, 13 de abril de 2012

Procesionando: la procesión va por dentro

   

     Ha terminado la Semana Santa, o la “Santa Semana” como gusto redenominarla, que es el espacio temporal donde se regodean (regodearse –según la RAE–: De re- y el latín gaudĕre, alegrarse, estar contento.Verbo pronominal coloquial. Deleitarse o complacerse en lo que gusta o se goza, deteniéndose en ello) miles de creyentes y espectadores espectantes, repitiendo año tras año la ceremonia del tormento y el dolor; por lo cual no les alabo el gusto. Tamaño espectáculo me trae a la memoria subconsciente un sueño que tuve de niño, seguramente producto de esta reiterativa Semana que en aquellos tiempos lo llenaba todo, eliminando de la vida cotidiana todo lo que no fuera sufrimiento o angustia, sustituyendo la música gozosa por los requiems clásicos, el cocido con morcillo por las patatas con bacalao, y las películas del Oeste por las de Romanos en el mejor de los casos. Pero vayamos al sueño: en él, estando yo solo en una habitación, la mía, en un 6º piso en el que vivía junto a mi familia, sentía de pronto de forma irrefrenable la necesidad involuntaria de arrojarme por la ventana, yendo a estamparme contra la acera 18 metros más abajo. Por un extraño milagro –o sortilegio– no me despanzurraba en el impacto, aunque sí sentía en mis huesos y en mis carnes los dolores correspondientes a aquella desafortunada acción. Sin desfallecer y tratando de contener el dolor, me incorporaba recomponiéndome poco a poco sobre mis pequeños pies intactos y tras subir peldaño a peldaño por las escaleras los seis pisos que me separaban de mi casa (estaba expresamente prohibido a los menores de 14 años no acompañados por adultos subir en el ascensor), volvía a repetir la operación una y otra vez, hasta que el maldito sueño abandonaba mi cabeza o con suerte era despertado por mi madre para acudir al colegio.
   











        Afortunadamente, aquel sueño desapareció de mi vida no volviendo a repetirse nunca más, cosa que no ha sucedido con esta Santa Semana, muchos siglos después de que a algún iluminado se le ocurriera añadir unas gotas de hiel todos los años por las mismas fechas a la vida de los seres humanos en el paraíso católico, más allá de las que la propia vida nos regala; a unos más, a otros menos, y a los menos casi nada. Ejemplos del sufrimiento humano tenemos a diario en los telediarios, pero es cierto que esas desgracias son reales, no representadas, y todos somos conscientes de que nos conmueve más el teatro que la vida misma. Lloramos en el cine, pero al salir a la calle enjugándonos las lágrimas, somos incapaces de compadecernos ante el mendigo que duerme entre cartones delante de la taquilla. ¡Paradojas del alma humana! Todos hemos visto también llorar, en esta reactualizada Santa Semana pasada por agua, a hombres como castillos, mujeres enlutadas y niños inocentes, al no poder ver desfilar a sus ídolos de madera o escayola por culpa del cielo, sin atribuir ese desgraciado hecho a que todo el colectivo de cristos y vírgenes están ya muy hartos de tanto trasiego, e intentan conjurar a las nubes en contra de los humanos para que les dejen lamerse tranquilamente las heridas en sus retiros piadosos.
    Voy a detenerme un momento en la cera, ese ecológico producto elaborado por las abejas de Dios que contribuye a dar aún mayor explendor a estas fechas, sacándonos de la oscuridad mediante decenas de miles de cirios que en esos días desparraman alegremente por nuestras calles, avenidas, plazas y aceras (especialmente en las ciudades de Andalucía), toneladas de líquido ardiente semejante a aquel otro que se derramaba desde lo alto de las murallas de los castillos sobre las cabezas de los enemigos que pretendían tomar esas mismas ciudades, instándoles a cambiar de actitud. Esta cera líquida, mezclada con el habitual humus del suelo, se transforma en un mejunge negro que se adhiere amorosamente a las suelas de nuestros zapatos y a los neumáticos de nuestros vehículos. Gracias a esa capa deslizante, las caídas de peatones y accidentes motorizados se disparan durante y después de esas fechas, aunque no existen estadísticas fiables del incremento en número de muertos y heridos en las semanas corrientes posteriores a la Santa por esas causas. Es el precio que tiene que pagar la sociedad por dar trabajo a las abejas para elaborar tanto cirio, en unos días en los que es más arriesgado ser peatón que costalero, e incluso conducir una “scooter” que un trono. Estos desgraciados accidentes van acompasados, no por saetas, sino por un sonido semejante al maullar de un gato que proviene de los neumáticos de los vehçiculos a dos y cuatro ruedas, mientras distribuyen equitativamente por toda la ciudad el mejunge sagrado. Como el tiempo todo lo cura, pasados unos meses, la madre Naturaleza mediante la lluvia, el sol y el viento, acaba por eliminar esos restos de cerumen; excepto algunos que quedan para siempre fosilizados sobre el asfalto confiriéndole unas hermosas manchas impresionistas de color oscuro. Y para el año siguiente, vuelta a comenzar el ciclo pasional favorecido por unos gobiernos que cada vez con más resolución, prefieren que sus súbditos pierdan el trabajo antes que la fe y algunas costumbres llamadas buenas.
   Un aspecto importante que siempre me ha llamado la atención por estas fechas es el carácter pagano de las creencias en un solo Dios verdadero aunque plural. Me refiero al Hijo e incluso a la Madre que aunque no es diosa, es Virgen. De estos Hijos y Vírgenes, los hay cientos, tanto o más que entre los dioses y diosas de las antiguas Grecia y Roma juntas. En cada ciudad, en cada pueblo y hasta en cada barrio, sus habitantes o vecinos cegados por un paganismo plural, advocan a sus Cristos y Vírgenes particulares sin importarles un pimiento los de otras ciudades, pueblos cercanos o incluso barrios colindantes. El común oír a la gente pía decir “le tengo mucha fe a la Macarena” aunque no tengan ninguna por la Virgen de Montserrat, que además es catalana, o por la de la Candelaria que es negra y habita lejos. Y a los que beben los vientos por el “Cristo de los Faroles”, les importa un comino “Jesús el Rico” aunque también sea andaluz además de malagueño. Algunos incluso, jugando con más de una baraja, ruegan favores a varios Cristos y Vírgenes por si el contrario o la contraria, poco favorables, no les quisiera escuchar. Es como la costumbre de comprar varios números de la lotería en vez de apostarlo todo por uno solo persiguiendo el “gordo”. Todo esto es visto con buenos ojos por nuestros gobiernos complacientes que contemplan con satisfacción como sus mandados se olvidan por unos días de los mercados, las primas de riesgo, el Ibex 35, los “bonus malus”, la Merckel y el Sarkozy, los recortes necesarios, e incluso, de que se han quedado ayer sin puesto de trabajo por la gracia de Dios y la reforma laboral. Mientras éste y los otros dioses y vírgenes, agradecidos por las subvenciones estatales hacia esas sagradas prácticas, se contienen de enviar rayos destructores sobre las cabezas de unos gobernantes dóciles con la fe pero implacables en las reformas, como aconteció en su día con Sodoma y Gomorra, donde las únicas procesiones que se celebraban eran las del orgullo gay.